Opinion · Punto de Fisión

Gordos fuera

Durante varias horas, ayer martes, planeó la noticia de que la Conselleria de Sanitat de Valencia había prohibido la incineración de cadáveres con obesidad mórbida, con lo que daba la impresión de que los pobres gordos moribundos deberían ir pensando emigrar a Murcia o a Albacete justo antes de su deceso. La noticia sonaba rara incluso para Valencia, que es una tierra propensa a los fenómenos paranormales: la Ciudad de las Artes y las Ciencias, Terra Mítica, la visita del Papa y cosas así. No se entendía que la grasa, con lo bien que arde, fuese vetada en la patria de Las Fallas y más o menos en la misma costa donde Chirbes ambientó una novela llamada precisamente Crematorio. La muerte nos iguala a todos excepto a los gordos.

Al rato, alguien en la Conselleria reaccionó al revuelo mediático y dio marcha atrás al veto, especialmente cuando se hizo público que el motivo de la prohibición era la elevada cantidad de combustible requerido para incinerar a un gordo y lo que iba a contaminar luego el medio ambiente. El comunicado de Sanidad especificaba además que la cremación de corpachones demasiado voluminosos podía generar problemas técnicos en las instalaciones, una excusa que parecía calcada de Ryanair y sus tarifas abusivas por exceso de equipaje. Verdaderamente, el concepto de que un gordo a la parrilla gasta un montón de cerillas, cuesta mucho quemarlo y produce más humo que tres flacos de una tacada da una idea de lo necesarias que son las Consejerías, por no hablar de ciertos consejeros.

Esta noticia mortuoria se corresponde en el plano vital con el desafío médico propuesto por el municipio de Narón, en el que el pueblo entero (39.000 almas, el 40% de ellas con sobrepeso) se ha comprometido a bajar cien mil kilos de peso en dos años. Se trata -dicen las autoridades responsables- de promover el ejercicio y fomentar hábitos saludables de alimentación, pero qué quieren que les diga, a mí eso de suprimir los gordos del paisaje urbano me suena a totalitarismo, igual que lo de pesar los muertos, como si para acabar en un tarro de ceniza tuviesen que desfilar primero por la Pasarela Cibeles. Ni siquiera Hitler, cuya plana mayor estaba formada mayormente por esqueletos en diversos estados de descomposición, consiguió que adelgazara el mariscal Göring.

Una tarde que no tenía otra cosa que hacer, zapeando por esos canales perdidos de la televisión profunda, di con un reality increíble titulado Mi vida con 300 kilos. Tuve que frotarme los ojos cuando comprobé que el título no era una hipérbole y que allí había pacientes que arrastraban su propio campo gravitatorio. Prácticamente todos ellos se concentran en Estados Unidos, quizá por la mala alimentación o porque, como dice mi mi amigo Jesús Llano: “No hay gordos en Etiopía”. Salían una madre y una hija que pesaban entre las dos más de media tonelada y cuya dieta principal consistía en una especie de bocadillo de ensalada. La hija había mejorado la receta original envolviendo filetes empanados de cerdo en unas enormes hojas de lechuga. No entiendo cómo lograron engañar a la báscula, pero al cabo de unos meses ambas habían perdido ciento y pico kilos, una proeza alucinante cuando pienso en lo que me costó a mí bajar de los noventa. “No estoy gordo, estoy fuerte” o “No estoy gordo, soy de pecho bajo” son algunas camisetas que podía haber llevado entonces, aunque me hubiera gustado más una que dijera “No estoy gordo, estoy cerca”.