Opinion · Punto de Fisión

De la oratoria considerada como una de las bellas artes

Ayer en el Congreso de los Diputados se perdieron las formas, que es una cosa que suele pasar cuando antes se han perdido los contenidos. Si, según la retórica tradicional, forma y fondo componen una unidad indisoluble, lo que habría que preguntarse es cómo el edificio entero continúa aguantando sin derrumbarse sobre las cabezas de sus señorías. No ya desde la vertebración de ese monstruo de Frankenstein ideológico que mantiene a Pedro Sánchez de pie y haciendo el oso, sino desde los tiempos en que el PP se mantenía erguido gracias a alianzas inverosímiles con folklóricos canarios y nacionalistas vascos.

Volviendo a las formas, Miguel de Unamuno, que de retórica sabía un rato, decía que bastaba con tener que decir algo “grande, jugoso, hondo, y luego, del fondo, brotará la forma”. Entonces Gabriel Rufián abrió la boca y dijo “hooligan“, que no parece un adjetivo que le cuadre demasiado bien a Borrell, ni siquiera en sus últimas actuaciones en Cataluña, sino más bien a Gabriel Rufián. Otros calificativos rufianescos referidos al ministro de Exteriores -“racista”, “fascista”- venían averiados de fábrica, aunque también es cierto que este crescendo verbal era ya inevitable desde el momento en que el adjetivo “golpista” se arroja tranquilamente entre las filas de los diputados independentistas a modo de pedrada.

Parafraseando la genial ironía de De Quincey, puede decirse que el escándalo vivido ayer en el hemiciclo repite esa deslumbrante maldad sobre el despeñadero al que conduce la falta de educación: se empieza por saquear las arcas públicas y por financiar un partido con dinero negro, y se acaba por perder las buenas costumbres en el Congreso de los Diputados. Es verdad que Rufián sobreactúa a menudo, pero no lo es menos que la indignación de Ana Pastor sonaba completamente histriónica, sobre todo si se recuerda la cantidad y la calidad de los insultos vertidos en esas nobles paredes desde la instauración de la democracia.

Alfonso Guerra dijo en su día que Soledad Becerril era Carlos II vestido de Mariquita Pérez, que Aznar iba “asnando” por ahí y que el deshonesto Adolfo Suárez había salido de las cloacas del fascismo. Andrea Fabra rebuznó un glorioso “que se jodan” aún no se sabe muy bien si a los diputados del PSOE o a todos los parados españoles. Rafael Hernando estuvo a punto de partirle la cara a Rubalcaba en los pasillos y tuvo que ser sujetado por Acebes y Zaplana. Pujalte, el primer agraciado con una tarjeta roja directa, vaciló al entonces presidente del Congreso, Manuel Marín, para que llamara a la policía mientras mostraba la flexibilidad de su cintura en una exhibición de pilates. Por su parte, cuando ejercía de jefe de la oposición, Mariano acusó al presidente Zapatero de traicionar a los muertos de la banda terrorista ETA.

Una vez disipada la trifulca, Borrell se lamentó de que Rufián careciera del talento estilístico de Cicerón, olvidando que cuando no tenía la pluma a mano, el ilustre senador romano era capaz de espetarle a un adversario que se acostaba con su hermano y con su hermana. En cuanto al escupitajo que Borrell asegura que le lanzó el diputado de ERC Jordi Salvador mientras abandonaba el Congreso todavía anda en busca y captura. Parece una manera muy inútil de desperdiciar saliva en un momento en que la oratoria política española brilla tan alto.