Opinion · Punto de Fisión

Apocalipsis con barbacoa

Eso de que el mundo se vaya a la mierda por una subida o una bajada de temperaturas es algo que decepciona mucho a los escritores de ciencia-ficción, que para algo se han quemado las meninges imaginando finales apocalípticos a base de meteoritos, invasiones alienígenas, plagas tropicales o electrodomésticos pasados de rosca. Hay unas cuantas películas que tratan el tema del cambio climático, pero lo hacen con un tono hiperbólico -maremotos XXL o nevadas de treinta metros- que da más risa que otra cosa. Ocurre algo parecido a esas campañas contra el tabaco donde intentan acojonar con fotos de traqueotomías y pulmones encharcados de alquitrán, las cuales resultan tan monstruosas que el fumador decide que no merece la pena luchar contra lo inevitable y pide dos cajetillas más.

Al fin y al cabo (creo que nunca he empleado esta expresión de manera más precisa), quizá lo que más miedo da de morirse es morirse solo, esa certeza de que el mundo continuará sin ti, como decía Juan Ramón Jiménez, y se quedarán los pájaros cantando. En medio de una clase de crítica literaria en la facultad, el profesor Antonio García Berrio nos aseguraba que si en ese mismo instante se anunciara el fin del mundo, él nos invitaría a contemplarlo desde un cerro cercano, puesto que sería todo un espectáculo. Algo parecido le decía a un viejo amigo mío el profesor de religión de su colegio, al cual me imagino con sotana: “No hay que tener miedo. Pensad en lo afortunados que sois: vais a ser la generación que asista en vivo y en directo al Juicio Final”. Es normal que un cura diga estas cosas a los niños, sobre todo teniendo en cuenta que a veces el fin del mundo, para algunos niños, llega en forma de cura.

Aquella exitosa división de Umberto Eco entre apocalípticos e integrados viene al pelo a la hora de elucidar el debate entre los partidarios de los informes científicos con sus cifras y sus gráficos, y los partidarios del primo meteorólogo de Mariano Rajoy, que confundía el cambio climático con el tiempo que iba a hacer mañana en Sevilla. Ocho años después, Mariano se sumó a la corriente apocalíptica de un modo similar al del ministro Soria, que primero le puso un impuesto al sol y después se pasó a la defensa de las energías renovables en los foros internacionales. El paradigma de esta clase de profetas mixtos es Al Gore, quien iba anunciando el fin del mundo de ciudad en ciudad en conferencias a precio de oro al tiempo que se iba cargando buena parte de la atmósfera con los motores de su avión privado.

Como advirtiera Einstein, el apocalipsis también es relativo: así, hace algún tiempo, Putin bromeó sobre lo bien que le iba a venir a Rusia el calentamiento global cuando el clima mediterráneo se desplazara a Siberia. Un reciente informe de la Met Office pronostica que, dentro de medio siglo, Gran Bretaña sufrirá olas de calor de 40 grados en verano y una subida del nivel marítimo de más de un metro, lo cual explica no sólo la querencia de los británicos por Gibraltar sino también el intento por importarlo directamente a Londres antes de que llegue el brexit. Uno de los pocos atrincherados en el negacionismo absoluto es Donald Trump, quien, ante la evidencia científica de 1.665 páginas presentadas en un estudio avalado por 300 especialistas, ha declarado: “No me creo nada”. Para él, la oleada de incendios que arrasa California fue culpa de un actor que se dejó una barbacoa encendida.