Opinion · Punto de Fisión

La Iglesia es cosa de hombres

Al Papa Francisco le preocupa que haya homosexuales en la Iglesia, dice que porque esta clase de “afectos” no tiene cabida en el sacerdocio. Si fuera por estas declaraciones, daría la impresión de que los “afectos” heterosexuales sí que tienen cabida, faltaría más, y que lo más parecido a una misa de once debe de ser una fiesta en el Pachá de Ibiza o una orgía con barra libre en cualquier burdel de carretera. Menos mal que sabemos que no es así, y que la mayoría de los “afectos” que tienen lugar en el seno de la Iglesia católica, en los confesionarios y en las sacristías, suelen ocurrir entre hombres hechos y derechos y niños por completo indefensos. Esto no tiene nada que ver con la homosexualidad ni con la heterosexualidad tampoco: esto se llama pederastia, es un crimen imperdonable, una inmundicia, y a lo mejor hasta es pecado.

De los pederastas, sin embargo, el Papa esta vez no ha dicho nada, quizá porque no tocaba, quizá porque le han informado mal y ha confundido el culo con las témporas o el dativo con el acusativo. Se ve que el tema de la homosexualidad preocupa mucho al Sumo Pontífice, tanto que le dedica un montón de páginas en el nuevo libro que acaban de sacar a la venta sobre la vocación sacerdotal, fruto de un encuentro de más de cuatro horas entre el director de la editorial claretiana, el padre Fernando Prado, y el Papa Francisco. En cambio, el Papa no ha tenido todavía tiempo de responder ni una sola de las 16 cartas que el abogado Enrique Vila Torres, presidente de la SOS Bebés Robados, le ha enviado pidiéndole ayuda para que la Iglesia española deje de poner trabas judiciales a las familias víctimas del tráfico de niños durante la dictadura franquista. Al menos, el Papa Benedicto XVI le envió un mensaje de vuelta mandándole ánimos y aconsejándole que rezara, que rezara mucho. Vila ha publicado las cartas en forma de libro en Italia, Cartas de un bastardo al Papa, un libro que pronto publicará en España la editorial Algaida.

“Parece que la homosexualidad está de moda” ha dicho el Papa, unas declaraciones en las que da a entender que la homosexualidad es como la barba de hipster, las chaquetas con hombreras o los pantalones campana. Está decidido a que la Iglesia católica siga siendo un reducto de puros machos célibes, uno de los pocos que quedan, junto al fútbol profesional, la cabra de la Legión o Arabia Saudí, aunque éstos tres últimos reductos tampoco practican el celibato. A mí siempre me ha llamado la atención el asco tradicional por el sexo femenino que desprenden los padres de la Iglesia desde tiempos inmemoriales, cuando a Jesucristo le encantaba rodearse de mujeres a la menor ocasión y su principal mandamiento, casi el único, era “amaos los unos a los otros”. Probablemente entendimos mal el mensaje, por culpa del machismo furibundo de San Pablo, aunque quizá haya muchos sacerdotes que hayan entendido aun peor aquella hermosa frase del Evangelio: “Dejad que los niños se acerquen a mí”.