Opinion · Punto de Fisión

La cabeza cortada de Morgan Freeman

A Morgan Freeman todos le teníamos mucho respeto y además mucho cariño, no sólo por sus magníficas interpretaciones sino porque a todas ellas les infunde una especie de nobleza perruna, una pesadumbre ética que lo mismo empapaba a un convicto a cadena perpetua, a un pistolero retirado o a un veterano entrenador de boxeo. Sí, como pasa con otros grandes actores, nos enteramos tarde, casi cuando estaba a punto de jubilarse, igual que el viejo poli de Siete (¿por qué cojones no tradujeron Seven?) que encontraba la cabeza cortada de una mujer dentro de un paquete de mensajería. Freeman cortaba el paquete con su navaja automática, veía una mancha de sangre en el cartón, miraba dentro, daba un respingo, se ponía en pie y gritaba por el micro a la policía: “¡John Doe tiene el control! ¡John Doe tiene el control!”

De repente, el pasado mayo, descubríamos que Morgan Freeman también guardaba trofeos femeninos: una denuncia de la periodista de la CNN, Chloe Melas, sumó su nombre a la campaña de desenmascaramiento del movimiento #metoo que ya había derribado ídolos tan poderosos como Harvey Weinstein, Louis C. K. o Kevin Spacey, precisamente el actor que encarnó magistralmente a John Doe, el asesino de los siete pecados capitales. Melas aseguraba que Freeman la había acosado durante el pase de prensa de la película Un golpe con estilo, cuando ella estaba embarazada de seis meses, una acusación que, al parecer, estaba apoyada por otros quince testigos. ¿Cómo era posible cuando Freeman corporeizaba el símbolo hollywoodiense de la integridad moral, el tipo que no sólo había interpretado a Mandela sino también a Dios padre?

Ahora, siete meses después, el escritor Tomoo Terada se ha tomado el trabajo de investigar el paquete de mensajería enviado por la CNN y ha descubierto que la cabeza cortada que hay en su interior es la de Morgan Freeman. La buena señora se lo inventó todo, no ha aparecido un solo testigo que apoye sus afirmaciones y el video donde supuestamente aparecía un comentario machista del actor estaba burdamente manipulado. No está claro si las motivaciones de Melas obedecen a una venganza personal, al racismo, a la simple maldad, a la imbecilidad o a todo junto, pero lo cierto es que esta denuncia falsa no sólo ha dañado gravemente la reputación del actor sino que también ha supuesto un torpedo directo a la línea de flotación de un movimiento de reivindicación feminista, el #metoo, absolutamente necesario en nuestros días. No se veía nada igual desde que otra periodista de mierda, Petra László, se puso a zancadillear refugiados.

Esta lamentable historia me ha recordado un estupendo libro que acaba de publicarse, El arqueólogo, de Román Piña, que no tiene nada que ver con Morgan Freeman, pero que guarda entre sus páginas una especie de paquete de mensajería con una cabeza cortada. Prácticamente hasta el último capítulo el lector cree estar leyendo una novela sobre un erudito amable y algo excéntrico, y de golpe descubre que esa novela ocultaba dentro otra novela, bastante más siniestra. Fue el gran maestro Jim Thompson quien dio la mejor definición del género negro y, de paso, de la literatura: “Hay 32 maneras de contar una historia y yo las he contado todas, pero sólo hay una historia: las cosas no son lo que parecen”. En efecto, nos tragamos la patraña de la CNN porque Morgan Freeman no podía ser tan bueno como parecía y al final descubrimos que en el #metoo también cuecen habas. Como siempre, John Doe tiene el control.