Opinión · Punto de Fisión

Macron en la calle

Un fantasma recorre Europa con un chaleco amarillo puesto. De momento sólo recorre Francia y ha dado un pequeño salto hasta Bruselas, pero Francia siempre ha sido la madre de todas las revoluciones desde finales del siglo XVIII, incluso las que importaron de ultramar y las que fracasaron en Polonia. Esto es así porque los franceses siempre han tenido un talento particular para vender cualquier cosa, desde la guillotina hasta un queso capaz de andar solo, y no sólo de venderlo, sino también de etiquetarlo y exportarlo, imprimiéndole un aura de sofisticación y de lujo. Todavía suena el eco del Mayo del 68 francés cuando hace décadas que del Mayo del 68 francés no quedan más que los eslóganes.

A Macron, un presidente de corte y confección, el movimiento de los chalecos amarillos le ha pillado con el pie cambiado y la chaqueta del revés. Medio siglo y unos meses después, el Mayo del 68 ha resucitado sin intelectuales, sin banda sonora y sin cobertura mediática, un zombi revolucionario ataviado con chaleco amarillo mientras el frío de las calles anuncia un largo invierno. Cada día que pasa, cuantas más barricadas, más manifestaciones y más automóviles quemados infestan la geografía francesa, a Macron, un tecnócrata químicamente puro, se le va poniendo más cara de María Antonieta. Muy lejos queda ya la chulería que soltó en verano, cuando ante la revelación de que su jefe de seguridad había agredido a dos personas en la manifestación del 1 de mayo, espetó: “Que vengan a buscarme”.

Enfermo de hybris, esa arrogancia desmedida que los dioses griegos castigaban sin titubear, quizá haya olvidado que lo que le dio el triunfo en la segunda vuelta de las elecciones fue el miedo a una posible victoria de Le Pen. Creyó que la presidencia ganada en las elecciones era un cheque en blanco y qué va: no era más que un préstamo, un compromiso, un pacto con fuerzas populares que ahora se han desatado y están dispuestas a derribarlo. Los chalecos amarillos no se han movilizado únicamente contra un paquete de medidas neoliberales -la subida de los carburantes, los recortes en los servicios públicos- sino también contra la sordera de un dirigente encerrado en su torre de marfil. En cuestión de unos pocos meses, Macron ha dilapidado por completo su prestigio internacional, ha derrochado su gracia de bailarín en los salones europeos y se ha estrellado de bruces en la calle.

Lejos de los sueños y las utopías del Mayo del 68, esta revuelta popular no pide imposibles ni paraísos en la Tierra: sólo propuestas de andar por casa, una reivindicación de mínimos que apuntale el estado del bienestar resquebrajado tras el saqueo generalizado a las arcas públicas que recibió el sacrosanto apodo de crisis financiera. En otras palabras, el final de la política de austeridad abanderada por la UE que ha resultado letal para las clases medias y bajas europeas. Si no quiere perder el puesto, Macron va a tener que aprender a toda máquina los pasos de la polka, cuando está acostumbrado a bailar el vals.