Opinion · Punto de Fisión

Muy español y mucho español

Un reciente video del torero Fran Rivera entrando en un bar de Ávila repleto de recuerdos franquistas ha vuelto a plantear de nuevo el problema metafísico de en qué consiste ser español, un asunto que va mucho más allá del DNI, el lugar de origen, el debate regeneracionista, los poemas de Antonio Machado y la España invertebrada de Ortega y Gasset. Sin sacar el DNI, sin debatir ni con el camarero, sin necesidad de leer a Machado ni a Ortega, Fran Rivera ha cartografiado un país que limita al sur con unas banderillas, al norte con la bandera del pollo, al este con el símbolo de Falange y al oeste con un plato de morcilla. Las banderillas, por cierto, estaban justo encima de la puerta del retrete.

Desde tiempos inmemoriales la ultraderecha se ha apropiado de esa España de charanga y pandereta que resume las esencias patrias en cuatro o cinco fórmulas infalibles: el analfabetismo histórico, el maltrato animal, la religión católica, la incultura atroz, y dos o tres recetas de cocina. El ser español es una cuestión de grado, como lo definió uno de los grandes ideólogos de nuestro tiempo, Mariano Rajoy: “España es una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles”. Después están los que son medio españoles, los patriotas vegetarianos, los agnósticos nacionales, y luego los poco españoles, esa gentuza que lee libros, no cree en Dios y en realidad viene de Irán, de Cuba o de Venezuela. Español de puro bestia, que decía César Vallejo. Anda que no.

Hace cosa de un año, el prestigioso diario británico The Sunday Times ofrecía unos consejos para comportarse como un auténtico español que incluían hablar a voces, abrazar a desconocidos, tirar la comida de la barra al suelo o llegar tarde a las citas, una guía de conducta que demuestra la facilidad con que los hooligans ingleses se mimetizan con el entorno en Magaluf y otros lugares del litoral balear. Con todo, para dejar las cosas claras, Teodoro García Egea, secretario general del PP y especialista en lanzamiento de huesos de aceituna a escupitajos, ha añadido unas cuantas directrices de su propia cosecha, asegurando que entre nuestras tradiciones seculares se encuentran la caza, el belén y el árbol de Navidad.

Poco importa que el árbol de Navidad sea una práctica pagana originaria de Alemania, el belén una costumbre importada de Nápoles y la caza un residuo obsoleto del Paleolítico. Cuando alguien se pone a buscar los orígenes de España siempre acaba remontándose a una dinastía francesa, a los huesos humanos roídos de Atapuerca, a los 3.000 años de antigüedad que le echó encima la inefable lideresa del PP madrileño, Esperanza Aguirre, o al bar de Ávila en el que entró Fran Rivera y donde sólo falta una foto de Favila luchando con un oso. En efecto, para ser tan ignorante, tan primitivo y tan ridículo hace falta ser muy español y mucho español.