Opinión · Punto de Fisión

Juncker drunker

A cada nueva cumbre, a cada nueva reunión, la Unión Europea se va pareciendo más y más a un remake de El guateque, la obra maestra de Blake Edwards, aquella comedia descacharrante en que un patoso figurante hindú recibe una invitación a una fiesta de altos vuelos en Hollywood el mismo día en que lo despiden; entra en la casa y, sin pretenderlo ni poder evitarlo, la va aniquilando objeto por objeto y habitación por habitación con la involuntaria ayuda de un camarero que empieza bebiéndose las sobras de las copas y termina agotando las reservas de Fairy. La originalidad de los guateques montados en Bruselas es que ambos personajes, el figurante fatídico y el camarero alcohólico, están fusionados en el mismo recipiente gracias al fabuloso ímpetu del presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker.

A Juncker lo hemos visto ciego perdido en tantas ocasiones que se hace difícil creer que alguna vez vaya sobrio. La borrachera parece su estado natural hasta tal punto que podría ser una estrategia, un disfraz, como si únicamente hinchándose de licor pudiera el pobre hombre aguantar el coñazo de los discursos y votaciones. También muchos currelas acuden al tajo mamados hasta las cejas para hacer más llevadera la jornada y algunos no sólo trabajan más sino que rinden el doble. No hay que descartar la opción de que, mientras permanece sobrio en la intimidad, Juncker está intentando liquidar la UE desde dentro, a base de juergas, despropósitos y eructos. Las castañas monumentales, los pasodobles en las escaleras y los bruscos manotazos de peluquero quizá no representen otra cosa que una autocrítica y una sátira del fallido proyecto europeo. ¿No aseguran que los borrachos dicen siempre la verdad? Pudiera ser que sus cogorzas superlativas y su particular forma de tratar a las mujeres sean el único modo que tiene Juncker de explicarles a sus colegas que su sucesor al frente de la Comisión debería ser Charlie Sheen.

La semana pasada se produjo un curioso rifirrafe entre Juncker y la primera ministra británica, Theresa May, cuando ella le echó en cara que la noche anterior, al rechazar sus demandas sobre el brexit, él la hubiera llamado “nebulosa”. “¿Que te dije qué?” pregunta Juncker y parece sinceramente confundido, como si no recordara muy bien no ya lo sucedido la noche anterior sino quién será esa señora que parece a punto de señalarle la bragueta abierta. “Nebulosa” repitió May. “Poco clara”, aclaró después. “No, no es verdad” repite Juncker en uno de sus mejores momentos a lo Peter Sellers, no muy seguro de si en ese momento le tocaba hacer de camarero borracho o de figurante hindú.

A lo largo de la Historia ha habido numerosos momentos en que una botella estuvo al mando y tampoco es que las cosas se desmadraran mucho más de lo que ya estaban. Calígula nombró cónsul a su caballo favorito, Incitatus, y el animal no provocó mayores desperfectos que cualquiera de sus antecesores en el cargo. El general Grant era muy dado al consumo desaforado de whisky y cuando sus detractores le iban con el cuento a Lincoln, para que le destituyera del mando, el presidente respondía que a ver si le decían cuál marca era su favorita para enviar una caja a cada uno de sus comandantes. No, el problema de la Unión Europea no es que Juncker lleve borracho desde el día que se fundó, sino que Bruselas cae demasiado lejos de Escocia.