Opinión · Punto de Fisión

En Campofrío falta Bárcenas

Hay que reconocer que los creativos de Campofrío deben conocer a fondo su trabajo, ya que apenas lanzan su comunicado publicitario por estas fechas todo el mundo empieza a hablar de él, aunque sea para bien. En los últimos tiempos, cada campaña navideña de esta gente provoca tantos o más comentarios que el anuncio de la lotería nacional, lo que no deja de tener mérito teniendo en cuenta que unos son instigadores de la ludopatía a nivel estatal y otros unos simples mercaderes de salchichón. Hace ya tiempo que en Campofrío apostaron por unir los lípidos y el humor, una yuxtaposición que no se sabe muy bien a qué conduce pero que les está arrojando excelentes dividendos. A todo el mundo parece hacerle mucha gracia mezclar las payasadas con la carne de cerdo, excepto quizá a los cerdos, animalitos simpáticos, inteligentes y sensibles donde los haya.

De entrada, debo confesar que un anuncio que empieza con el espíritu de Chiquito enviando un mensaje a lo princesa Leia ya cuenta con todas mis simpatías. La idea de que el humor es un artículo de lujo, una carísima joyería donde se clasifican, se empaquetan y se venden los chistes a precio de oro, advierte contra la disparatada cruzada en la que nos encontramos, con cómicos linchados en las redes sociales por perpetrar bromas racistas o machistas y con cómicos perseguidos por la justicia por sonarse los mocos en una bandera española o cagarse en Dios. Sin embargo, de estas dos últimas categorías hay muy pocas referencias en el anuncio de Campofrío, por no decir ninguna: apenas una gracieta, bastante mala, sobre la exhumación de la mojama de Franco. Ahí perdió Campofrío una excelente oportunidad de hacer un chiste auténticamente español, es decir caníbal, aludiendo al fiambre más venenoso y repugnante de nuestra historia: un chorizo genocida sin fecha de caducidad.

Que el mismo día en que Campofrío saca a la luz su enésima campaña navideña haya sido elegido por la Audiencia Nacional para dictaminar que el número de Dani Mateo en El Intermedio está amparado por la libertad de expresión, no debe ser considerado otra cosa que un chiste. Un chiste pésimo. En efecto, lo de sonarse los mocos con la bandera no es que tuviera mucha gracia, pero menos aun la tiene que un comediante deba presentarse en los juzgados y un programa pierda contratos de anunciantes por culpa de una tontería de este calibre. En el país del Lazarillo, de las palizas del Quijote, de las geniales burradas en verso de Quevedo y de aquel pueblo de Gila donde engañaban a un pobre hombre para que subiera a tender la ropa a un cable de alta tensión, todavía andamos preguntándonos qué diablos será la risa.

La respuesta podría estar, tal vez, en el hecho de que desde hace tiempo los políticos españoles les están quitando el trabajo a los humoristas, a menudo con chistes tan espantosos e irresistibles como mirar un accidente. Comisarios de policía viajando a vender armas con un narcotraficante de invitado, secretarios generales campeones en lanzamiento de huesos de aceituna, candidatos a la presidencia alardeando de un máster más falso que una moneda de madera. Campofrío ha desperdiciado la ocasión única de perpetrar un comercial épico con la historia del tesorero de una organización criminal que recibe mensajes de apoyo del presidente de la nación, amenaza con tirar de la manta y al poco, mientras está en la cárcel, su familia recibe la visita de un tipo disfrazado de cura que saca un pistolón. Luego, igual que en una película de Pajares y Esteso, el hombre va a prisión, sufre un ictus y su madre confiesa que le pagaron un dineral por arruinarse la vida. Para partirse de risa. Se preguntarán ustedes dónde están aquí los chorizos. Yo también, pero el PP podría demandarlos por derechos de autor.