Opinión · Punto de Fisión

La Virgen de la Esperanza

Hasta ayer mismo me quedé muy preocupado por la cantidad de asesinos hipotéticos y violadores potenciales que confesaban que podían ser perfectamente los autores de la muerte brutal de Laura Luelmo. Al final se ha descubierto que el asesino de Laura era, en efecto, un hombre, uno solo, concretamente Bernardo Montoya, un criminal con más de veinte años de prisión a sus espaldas y un historial repleto de violencia, agresiones y robos. Un tipo tan torcido que, cuando una anciana lo sorprendió robando en su casa, le rajó el cuello, y cuando ella, que había sobrevivido de milagro, lo denunció en la comisaría, él aprovechó para vengarse y la remató a puñaladas. Era 1995, pasó casi dos decenios a la sombra y, al poco de salir, volvió entre rejas dos años más por otro robo. No había hecho más que pisar la calle, en octubre de este mismo año, cuando Laura Luelmo tuvo la desgracia de cruzarse en su camino.

De alguien así puede decirse cualquier cosa excepto que sea un representante típico del español medio. De otro modo España sería una sucursal de Puerto Hurraco y desayunaríamos cada día con las noticias de centenares de matanzas. Las estadísticas, de hecho, afirman lo contrario, sin embargo, el dato escalofriante es el siguiente: aunque contamos con una de las tasas de homicidio más bajas de Europa, las cifras de mujeres asesinadas por la violencia machista apenas se han alterado desde los años ochenta. Basta esta anomalía para concluir que, efectivamente, Laura Luelmo no fue una simple víctima de las circunstancias, de la psicopatía con boina o de la mala suerte, sino de un clima de violencia específico dirigido contra todo el género femenino. Algo debemos estar haciendo mal cuando las tasas generales de homicidio descienden pero el número de mujeres asesinadas por hombres se mantiene inalterable desde hace cuatro décadas.

La solución no es nada fácil, pero seguro que pasa por la educación, la formación y la erradicación absoluta del machismo patriarcal en la sociedad española y en sus instituciones. No hay más que echar un vistazo a nuestro código penal y a sus vistosas aplicaciones en ciertos casos recientes de violación, especialmente en uno donde la víctima fue presentada por el abogado defensor como una depredadora sexual borracha y los cinco agresores de La Manada como unos inocentes jovencitos. En una sentencia para la posteridad, los jueces ni siquiera apreciaron violencia ni intimidación con una muchacha sometida a cinco bestias en el interior de un portal e incluso a uno de ellos le pareció que los gestos y expresiones de la víctima eran signo evidente de “excitación sexual”.

Cuando una violación en masa se contempla como cine porno es que estamos inmersos de lleno no ya en una cultura de la violación sino en la violación como cultura. No es de extrañar entonces que algunos representantes del PP pidan ayuda al cielo y que su solución para acabar con la violencia machista sea encomendarse a la Virgen de la Esperanza. Imagino que la idea será llamar a la Virgen a fuerza de rogativas y que baje a echar una mano, igual que en la ciudad de Gotham la señal de un murciélago brillaba en la noche para avisar a Batman. Virgen, nada menos, y de la Esperanza, que viene del verbo “esperar”, supongo que sentadas.