Opinion · Punto de Fisión

El rey Gaspar a su bola

Llamazares se quejaba de que la CIA había hecho un montaje facial de Bin Laden con trozos de su cara. Ahora el que se queja es Bin Laden, y no le faltan motivos para hacerlo. Entre la militancia había dudas de si Llamazares era un infiltrado del PSOE colocado con la intención de aniquilar lo poco que quedaba de la izquierda o si se trataba de un experimento fallido del laboratorio de Esperanza Aguirre. Ambas opciones no eran excluyentes, aunque con Llamazares lo más seguro es que quién sabe.

Su impecable trayectoria recuerda a la de esos agentes dobles de la Guerra Fría (o triples, o cuadrúples) que empiezan por pasarse al enemigo, continúan espiándose a sí mismos y terminan por no saber para quién trabajan. En la política hay un punto en donde los ideales, las amistades y las alianzas no cuentan tanto como el chute de emociones que va de un bandazo inesperado a una puñalada trapera. En ocasiones hay que traicionar al partido, a la ideología, a los militantes y a la propia madre si uno quiere seguir siendo fiel a uno mismo. No digamos ya cuando uno mismo es Nadie, como Ulises huyendo de la isla de Polifemo. Es igual que el póquer de alta competición, donde lo de menos es el dinero y lo de más el placer de meter un farol hasta el hígado.

En el lamentable espectáculo de la descomposición de la izquierda, Llamazares ha sido el electrón suelto ése que golpea a los protones como una bola de petaco o como Yoda en plan albondiguilla, pegando botes con la espada láser. Ha sido también el aceite frío donde las croquetas congeladas de las diversos restos del comunismo patrio iban friéndose, desgajándose y disolviéndose en su salsa. Si alguna vez han cometido este clásico error culinario, no habrán dejado de observar el fascinante proceso en que las croquetas se van rompiendo en pedazos cada vez más pequeñitos y luego disgregándose a su vez en partículas infinitesimales. La izquierda española se rige por los mismos férreos principios subátomicos de la física cuántica: la materia, aunque sea infinitamente subdivisible, sigue siendo comestible.

Así, Llamazares ha conseguido darle una vuelta de tuerca al marxismo haciendo que la historia se repita dos veces: la primera como farsa, la segunda como regüeldo. Siempre a su bola, el rey Gaspar prepara una OPA hostil contra IU, Actúa, una banda de trotamundos de la política con nombre de banda de pueblo y donde sólo falta Rosa Díez, y monta el pollo justo el día de Nochebuena para joder las fiestas y sabotear a Santa Claus. Que le están haciendo una campaña de desprestigio, dice, como si se pudiera mejorar el harakiri de presentarse como candidato de otra formación y además al lado de Baltasar Garzón, el garbanzo negro de la judicatura, el monarca que le faltaba. A lo mejor se equivocó de rey mago, o de camello, o de Garzón, o de partido, o de espectro político, o de comunidad autónoma, o de época, que llamar a resistir en Asturias es una cosa muy medieval, muy de Favila y muy de hacer el oso. Era difícil, sí, pero Llamazares ha conseguido abrir una brecha más en el sufrido coliseo de La vida de Brian.