Opinion · Punto de Fisión

En Cuba 60 años no es nada

Puede que sea cosa del clima, del aislamiento o del tabaco, pero en Cuba el tiempo pasa de otra manera. Compay Segundo, por ejemplo, empezó a fumar a los cinco años y no se detuvo hasta el cementerio, todo porque su abuela, de ochenta y pico, necesitaba que le encendiera los habanos. Muchos habanos después, cuando le preguntó a su abuela cuándo podría irse a Santiago a hacer música, que era lo que él quería, ella le respondió que no podría ser hasta que viniera la muerte a llevársela, ya que alguien tenía que seguir dándole candela. “Ay, abuela, pero entonces yo nunca me voy a ir de aquí”, se quejaba el niño, “porque tú todavía eres muy joven”.

Según el muy particular cómputo temporal caribeño, la revolución cubana acaba de cumplir 60 años y está igual que siempre. Lo cual no es una metáfora ni una forma de hablar, sino la constatación de un paisaje encallado en un antiguo sueño, con enormes anuncios plantados al borde de los cañaverales, proclamas repitiéndose en muros y carteles, el espectro desafiante del Che como la mancha en un test de Rorschach. ¿Qué ve usted en esa mancha? ¿Un mesías o un demonio? ¿Cree usted en la revolución? La respuesta casi siempre consiste en sí o no, mesías o demonio, todo o nada, sin medias tintas ni matices, sin detenerse a comprobar ni las visibles fallas del proceso revolucionario ni sus evidentes logros: nada fuera del fracaso de la economía chapucera, la vida a salto de mata, la falta de libertad, la censura, la asfixia burocrática; nada tampoco fuera de los colegios, los hospitales, las universidades. “Mira, compañero”, decía un compadre sentado en la plaza de Armas, salpicado de sol entre la sombra de los árboles, “en Cuba todo es sí y todo es no”.

Ya escribí una vez que la mejor réplica que se me ocurre a la pregunta de si me iría a vivir a La Habana es decirle al cuñado que sí, en cuanto él se mude a Puerto Príncipe o a San Pedro Sula, fastuosos y sin embargo invisibles testimonios del fracaso, el horror y la inmundicia del capitalismo según lo entiende el vecino de arriba. No hay otra manera de medir la grandeza y la miseria de la revolución que comparar Cuba no con Noruega o Canadá, sino con Haití u Honduras, dos países cercanos y supuestamente democráticos que apenas salen en las noticias a pesar de que han batido todas las marcas de pobreza y violencia del continente americano. Cuando Felipe González dijo aquello de que prefería una puñalada en el metro de Nueva York a treinta años de aburrimiento en Moscú, seguro que no se veía a sí mismo empujando un carrito con ropa vieja.

Este será el primer aniversario de la revolución sin Fidel Castro, pero tampoco importa mucho. Batista salió huyendo de la isla junto a su cortejo de mafiosos, traficantes y militares para pedir asilo a su colega, Trujillo, en la República Dominicana, hasta encontrar refugio en los brazos de otro dictador inmundo, Oliveria Salazar, y acabar su vida en esa burda fotocopia del Caribe que es Marbella. Fue un uno de enero, como hoy, pero de 1959, y la moto de la revolución no acaba de arrancar tras seis décadas de pedaladas. Se puede decir de ella lo mismo que decía Compay Segundo cuando le preguntaban cómo era su relación con su última novia, cuarenta años más joven que él: “Mire, yo hago el amor casi todos los días. Casi lo hago el lunes, casi lo hago el martes, casi lo hago el miércoles…”