Opinion · Punto de Fisión

La mejor foto de 2018 es la peor

El arte de la fotografía consiste en hacer visible lo invisible, en revelarnos algo que ignorábamos o que creíamos ignorar y que de repente se planta ante nuestras narices como una flor, un balazo en los ojos, una luz en el camino de Damasco. En ese sentido, la conmoción al contemplar una buena fotografía no es muy distinta a la catarsis sufrida durante una terapia, al descubrir una verdad de la infancia que permanecía oculta pero que siempre estuvo allí, dispuesta a saltar como un cepo dentro de un cajón a oscuras. Tampoco muy distinta al deslumbramiento de esos versos, esos epitafios, esas grandes frases en que un encadenamiento perfecto de palabras nos golpea con la fuerza de un oráculo, la revelación de algo que no sabíamos que sabíamos.

Las grandes fotografías no descubren nada: nos lo recuerdan, nos recuerdan todo lo que hemos querido olvidar, las evidencias flagrantes de nuestros crímenes, pecados, vergüenzas, negligencias, cegueras. Por eso, habitualmente, las selecciones de las mejores fotografías del año funcionan como sermones sin palabras, operaciones de cataratas, radiografías exactas de fracturas que no nos duelen, informes médicos del alzheimer selectivo en que tan gustosamente chapoteamos.

Entre las mejores imágenes de este 2018 hay una patera diminuta con su cargamento humano flotando entre un océano monstruoso y un horizonte gris acero; un voluntario de la defensa civil siria llevando en brazos a un niño herido delante de un automóvil en llamas; una carga de los Mossos contra un escuadrón de los CDR en Barcelona; una mujer y sus hijas huyendo del infierno en una autopista de California; Bolsonaro en un mitin en Minas Gerais, con cara de estarse aguantando un pedo; un palestino con las piernas amputadas en una silla de ruedas emulando el mito de David y Goliath con una piedra girando en una honda para hacer frente a la bestia israelí; un grupo de simpatizantes nazis ardiendo de fe en algún lugar de Georgia; una emigrante corriendo, con sus dos hijos de la mano, de la nube de gases lacrimógenos lanzados por una patrulla de fronteras en las cercanías de Tijuana.

Aun siendo impresionantes, ninguna de esas fotografías se acerca a la desnudez, la indefensión y la brutalidad que despide la imagen captada por Tyler Hicks, ganador del premio Pulitzer en 2014 ,y publicada en The New York Times. La foto muestra a una niña de 7 años, Amal Hussain, en estado de completa desnutrición, el arpa de las costillas asomando bajo la piel y los ojos ya rendidos a su desgracia. De hecho, la niña murió poco tiempo después, y la fotografía conmovió a los espectadores como siempre que se interpone la infancia en medio de la guerra, la muerte y la catástrofe. Dicen que la foto sirvió para alertar al mundo de la amenaza que pende sobre Yemen, uno de los grandes conflictos olvidados del planeta, una hecatombe humanitaria que amenaza con matar a millones de personas y convertirse en la hambruna más mortífera de las últimas décadas. Sospecho que no, que no sirvió de mucho, ya que la guadaña del hambre sigue pendiente sobre la interminable guerra civil desatada en Yemen.

No obstante, como en otras grandes fotografías, lo verdaderamente impresionante es la capacidad del artista para sugerir todo lo que ha quedado fuera del encuadre. Por ejemplo, los médicos, los voluntarios y cooperantes que están arriesgando su vida en medio de esa locura. Por ejemplo, la afable sonrisa del príncipe saudí Mohammad bin Salmán, uno de los principales promotores del desastre. Por ejemplo, la lógica criminal del alcalde de Cádiz, Kichi González, defendiendo la venta de armas a Arabia Saudí, los cañones de los barcos de guerra entregados, el sudor de los obreros gaditanos ganándose el pan a base de forjar masacres en otro continente. Por ejemplo, la desidia de los periodistas ocupados en no escribir sobre Yemen, mi despiste al teclear un artículo sobre cualquier chorrada, tu sonrisa al leerlo y pasar página. Sí, lo más terrible de esta foto es que nos ha retratado a todos.