Opinion · Punto de Fisión

Amar el daño

En los estertores de este año que acaba de pasar he visto cómo se deshacían dos o tres matrimonios de amigos íntimos; una sensación extraña, como asomarse a la costa desde un mirador y contemplar el hundimiento simultáneo de varios buques en medio de un mar en calma. Aunque uno de ellos me ha pillado por sorpresa, de los otros no puedo decir que no los hubiera visto venir; más bien lo que me extraña es que hayan soportado tanto, cuando hacía años que los chalecos salvavidas estaban puestos y en el casco se habían abierto grietas que rezumaban agua a chorros. Sin embargo, ellos preferían llamar de vez en cuando al fontanero y colocar un grifo.

A veces las parejas aguantan por costumbre, por inercia o por vete a saber, pero sospecho que el cariño tiene muy poco que ver en el asunto. A no ser que el cariño consista precisamente en eso, en aguantar muchos años juntos, en mirar para otro lado y en hacer como si la cosa no fuera con uno. Cuando me lo fueron anunciando, en riguroso orden de despedida, recordé aquella paradoja genial de José Luis Alvite: “El amor es algo muy resistente, se necesitan al menos dos personas para acabar con él”. Alvite tenía razón, aunque a veces se necesitan tres.

Uno de mis amigos venía de un primer divorcio en el que no se enteró de que la historia había terminado hasta que no le pusieron las maletas en la puerta. Esta vez, sin embargo, fue el casero quien les dio el ultimátum, porque él no empezó a sospechar que no había nada qué hacer hasta que vio que su mujer estaba buscando casa en el extranjero. Me parece admirable ese estoicismo de percebe aferrado a su roca, resistiendo los embates y sinsabores del desamor, igual que ese boxeador al que le están dando una paliza terrible y le pregunta a su entrenador, cuando logra encontrar el rincón, qué tal va la pelea. “No te voy a mentir” le dice, enjugándole a base de toallas el ecce homo que tenía por cara. “Si lo matas en el siguiente, combate nulo”.

No, el boxeo no es una buena metáfora para hablar de ciertas relaciones, aunque en algunos casos casi habría sido mejor que lo fuera. Al menos en el sentido en que lo expresa Dowell, el narrador de El buen soldado, la magna novela de Ford Madox Ford, mientras asiste al festival de fraudes, mentiras y simulaciones en el que agonizan un par de matrimonios: “Era un asunto realmente asombroso y a los ojos de Dios habría sido mejor que trataran de arrancarse los ojos unos a otros con cuchillos de cocina”.

Más que a la sátira terrorífica de Ford Madox Ford, los ineludibles epílogos de esos romances condenados al fracaso recordaban la obcecación de Paule, la protagonista de ¿Le gusta Brahms?, la magnífica novela de Françoise Sagan que acaba de reeditar Meettok en una cuidada edición a cargo de Gerardo Markuleta. Ella sabe muy bien que Roger, su pareja desde hace años, es un cuarentón egoísta y despreocupado que mantiene aventuras con otras mujeres, pero sigue enganchada a él, quizá porque piensa que su vida es un tren de una sola dirección y que ya no es posible un cambio de vías. Cuando de repente aparece Simon, un joven atractivo y de buen corazón, Paule duda ante el rumor de las habladurías que comentan la diferencia de edad entre ambos. Prefiere lo malo conocido, una estrategia no muy distinta a la de esas mujeres que aguantan una paliza detrás de otra o a la de esos amigos míos, grandes amantes de la poesía, que todavía creen que el cielo en un infierno cabe y que han dado el alma y la vida a un desengaño.