Opinión · Punto de Fisión

Alfonso Guerra dando guerra

Decía Alfonso Guerra, allá por 1982, después de que el PSOE venciera en las elecciones generales, que a España no la iba a conocer ni la madre que la parió, frase mitológica que iba a inaugurar una nueva era y que acabó inaugurando la bodeguilla. Han pasado más de tres décadas, aproximadamente la mitad de ellas bajo mandato socialista, y España sigue siendo la misma abuelita monárquica, clasista, paleta y pedorra de toda la vida; la España de charanga y pandereta que cantara Machado, sólo que con lavavajillas, televisión de plasma y teléfono inteligente, bastante más inteligente el teléfono que la abuela. A quien no lo conoce ni la madre que lo parió es a Alfonso Guerra.

El hombre duro del socialismo español, aquel que de tan radical y peligroso -según confesión propia- no le daban pasaporte falsificado para cruzar la frontera, se halla ahora en cuestiones nacionales e internacionales comiendo del mismo plato que Albert Rivera, Pablo Casado y Santiago Abascal. Incluso comiendo del mismo plato que Felipe González, con quien no se habla desde vete a saber, pero con el que sigue formando, aun a distancia, el mejor dúo cómico de los últimos tiempos. Faemino y Cansado les homenajearon saliendo en tromba con una canción de Los Chunguitos (“Dame veneno que quiero morir, dame veneno”), aunque los chistes de Arroyito y Pozuelón eran demasiado breves e inocentes para sostener la porfía.

Umbral escribió que, al abandonar la primera línea de la política, Guerra dejó de ser un descamisado para ir transformándose poco a poco en un señor de provincias; sin embargo, no vivió lo suficiente para ver que, con su delgadez enfermiza y sus gafas de boticario, ha terminado por ocupar el puesto de enterrador. Alfonso Guerra llevaba toda la vida opositando a cadáver, pero sus declaraciones sobre dictaduras competentes e incompetentes, poniendo a Maduro por debajo de Pinochet, le han hecho sacar la plaza cum laude. “Ser de izquierdas es una cuestión de ideología” dijo una vez. Y luego añadió, como si se estuviera mirando en un espejo: “Yo conozco gente con la etiqueta de izquierda que no lo son en absoluto”. Cómo sería el ala izquierda del guerrismo en el PSOE que en la época dorada uno de sus paladines era José Bono.

Durante mucho tiempo, vacilando a base de Machado y de Mahler, Guerra promovió el papel de intelectual dentro de un partido que abogaba por la Movida, el flamenco y los toros como rompehielos cultural. Básicamente su labor consistía en insultar con gracejo sevillano, llamar “Atila” a Fraga o “tahúr del Mississippi” a Suárez, y quizá haya que instalarse en esa perspectiva del chiste -o mejor del humor negro- para comprender sus recientes declaraciones sobre Venezuela. La frase más célebre que le han atribuido (“Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible”) es en realidad de un torero, Rafael Guerra, “el Guerra”; lo que pasa es que siempre hubo dudas sobre si Alfonso Guerra era su propio hermano Antonio, el torero o la Guerra del Golfo. Ayer las despejó todas. De cabeza.