Opinion · Punto de Fisión

La Espe nos lleva al huerto

Creo que fue Monedero quien advirtió que uno de los problemas de El reino -la película de Rodrigo Sorogoyen que ha arrasado en los premios Goya- es que muestra con demasiada elegancia y demasiada gomina el problema de la corrupción política en España. Puestos a plasmar aunque sea de refilón las fabulosas estafas del PP valenciano, faltan el caloret, el amiguito del alma, la caspa, las traductoras de rumano, los relojes gordos como coliflores, los décimos de lotería premiados, los gastos de sastrería. Falta, también, entre otras muchas cosas, la polla insaciable, que es como se denominaba a sí mismo Enrique Ortiz, el empresario que le pedía a la alcaldesa de Alicante que le pintara de azul unas parcelas.

A lo mejor Ortiz, cuando se puso su apodo, no conocía el chiste del tipo alto y guapísimo que entra en un restaurante de cinco tenedores con una gallina en brazos y ordena un par de platos para él mientras la gallina se va zampando a picotazos toda la comida que le ponen por delante. A la hora de pagar la cuenta, que resulta kilométrica por los excesos gastronómicos del animalito, el camarero no aguanta la curiosidad y le pregunta al tipo alto y guapísimo lo que se está preguntando todo el restaurante: qué hace un Adonis millonario como él con ese ave de corral que traga como diez tiburones. «Verá» dice el hombre, sacando un Montecristo y un Dupont, «yo era un tipo normal hasta que un día me encontré con una lámpara, la froté a ver qué pasaba y un genio me dijo que me concedía tres deseos. Entonces le pedí una belleza irresistible y ya ve» dice mostrando su planta de galán de cine. «Le pedí también una fortuna inagotable y mire» le enseña una tarjeta repleta de billetes y tarjetas. «¿Y el tercer deseo?» El millonario señala a la gallina que espera el postre con un palillo en la boca: «Ahí lo tiene. Una polla insaciable».

O a lo mejor sí conocía el chiste y se refería precisamente a eso, a que son insaciables y a que son la polla. La voracidad de piraña es la marca de fábrica de una gente que ha estado llevándoselo crudo durante décadas (en sobres, en donaciones ilegales, en privatizaciones para amiguetes, en recalificaciones de terrenos, en volquetes de putas) ante la pasividad de la justicia y la abulia de una ciudadanía que prefiere mirar para otro lado, a Venezuela o a un chalet en Galapagar. En descargo de los investigadores competentes hay que señalar que difícilmente podían encontrar pruebas de la financiación ilegal del PP madrileño, más que nada porque Paquí Pallá S.L., la sociedad pantalla que usaban para desviar toneladas de dinero negro, es un nombre que despista un montón. ¿Quién iba a suponer que Esperanza Aguirre tampoco sabía nada de esto cuando hace sólo dos años aseguraba que Fundescam era «transparente con sus ingresos y sus gastos» y animaba a buscar «lo que haga falta»? ¿Quién podía sospechar que la ignorancia enciclopédica de esta mujer ocupa el cielo y el infierno, desde el código de circulación hasta su mano derecha?

Hay otro corrupto valenciano, Marcos Benavent, que durante su proceso de arrepentimiento se bautizó a sí mismo como el yonqui del dinero, un sintagma que refleja la insaciabilidad esencial de un partido político que ha hecho de España entera su finca, su burdel y su retrete. Cualquiera de ellos podía haberse llamado también el Vaquilla, el Torete o Fanny Pelopaja, aunque los chorizos del neocalorrismo robaban a la gente de uno en uno, no por comunidades autónomas. Para la próxima película, si es que alguien se atreve a llevar a la pantalla con un poco de realismo el descomunal latrocinio del PP madrileño y su infinita cara dura, habría que filmar una de Pajares y Esteso: Agítese antes de votarla 2, La Espe nos lleva al huerto o Los trileros. Les iba a salir un documental.