Opinion · Punto de Fisión

Reconocerse

Hay una estrategia que podrían seguir los procesados en el juicio al procés que está a punto de ponerse en marcha: no reconocerse. Cuando le pregunten a Oriol Junqueras, la cosa va a estar difícil pero es lo que pasa con las percepciones subjetivas, que depende.

-No, ése no soy yo -podría decir Junqueras según le enseñen la primera foto-. Ese tío de ahí está muy gordo.

-Y usted también -replicaría el fiscal.

-No. Yo no estoy gordo, señoría. Estoy cerca.

-No diga tonterías, señor Junqueras.

Puede parecer una gilipollez, pero es exactamente la misma estrategia que ha seguido uno de los policías imputados por agresión en el juzgado de instrucción número 7 de Barcelona. Dice que el antidisturbios que se lanzó en plan Chuck Norris desde lo alto de una escalera contra un grupo de votantes del 1-O, la bota por delante en busca de dientes, no es él; que él en ese momento estaba en otro sitio y que no se reconoce en el video. Son sólo un par de años pero el tiempo es un misterio de la hostia.

A mí, por ejemplo, me pasa continuamente. Me veo en una foto de hace veinte años y veinte kilos, con un jersey de cuello alto, y no me reconozco. Es más, ni siquiera reconozco el jersey. Distingo la barra del bar, aunque el bar ya no exista; distingo vagamente a algunos de mis amigos, a pesar de cambios físicos considerables -la barriga, la calvicie, las gafas-; distingo los vasos vacíos y las botellas de whisky mediadas a la espalda, pero no tengo ni la menor idea de quién será ese tipo que sonríe a la cámara con cara de borracho. A un amigo mío le enseñaron una serie de fotos tomada en un hotel donde se le veía revolcándose entre las sábanas con una señora estupenda, pero él juró y perjuró que el de las fotos no era él sino un hombre que se le parecía mucho. El juez no le hizo mucho caso y la sentencia lo dejó sin coche, sin hijos y sin casa. Ahora, en efecto, no hay quien lo reconozca.

He estado mirando por ahí para ver qué podíamos padecer ese pobre poli desmemoriado y yo, y las perspectivas no son muy prometedoras. Por un lado está la despersonalización por ansiedad, que hace que el paciente se contemple a sí mismo desde fuera, y por otro un trastorno límite de la personalidad, al estilo de Alonso Quijano, que por culpa de la lectura furibunda de libros de caballería olvidó al tranquilo anciano que los leía y se transformó en un enérgumeno justiciero que iba por ahí alanceando ovejas, acuchillando botas de vino y enzárzandose a hostia limpia con el primero que le llevara la contraria. No me hagan mucho caso, no tengo ni idea de psiquiatría, pero creo que en el caso de un novelista, un trastorno de este tipo podría resultar hasta beneficioso. Sin embargo, con un antidisturbios, habría que pensárselo mucho para dejarle seguir ejerciendo el oficio. O, al menos, limitar severamente su visionado de películas de Chuck Norris.