Punto de Fisión

El negro que blanquea (a Vox)

Al nutrido ecosistema de la fauna hispánica (donde abundan los obreros de derechas, las mujeres machistas, los socialistas monárquicos y los neoliberales en paro) se ha sumado ahora un nuevo ejemplar, el negro de Vox, una rareza política que cuenta al menos con dos individuos, ya que hay uno, Ignacio Garriga, de origen guineano, candidato por Barcelona, y otro, Bertrand Ndongo, un inmigrante camerunés que de momento va por libre. Ambos han venido para intentar distraer con su presencia esos incómodos principios del programa de Vox que abogan por la anulación de la sanidad gratuita para inmigrantes ilegales, el copago para residentes legales que no cuenten con al menos diez años de residencia y la deportación inmediata de los díscolos, vagos y maleantes. Eso por no hablar de "los españoles primero", de la fobia a los extranjeros y de toda la carga de odio xenófobo que supura cualquier partidario de Vox apenas abre la boca.

El propio Abascal dijo hace más o menos un año: "No es lo mismo un inmigrante procedente de un país hermano hispanoamericano, con una misma cultura, una misma lengua, una misma cosmovisión del mundo, que la inmigración procedente de los países islámicos". Quién iba a decir que Abascal habla desde la perspectiva de un camerunés. Sin embargo, después de Auschwitz y de la metamorfosis del estado de Israel en una nueva versión del apartheid, a la ultraderecha española no le quedó más remedio que renunciar hace tiempo a la gilipollez franquista de la "conspiración judeomasónica internacional", reemplazando a los judíos por musulmanes y a los masones por comunistas. En esto, como en tantas otras cosas, la saga de Torrente, el brazo tonto de la ley, ha sido la inspiración ideológica de Abascal, especialmente esa escena de no sé cuál de ellas en la que Torrente ve cómo un terrorista islámico intenta secuestrar el avión donde viaja y se levanta a buscar la pistola mientras murmura entre dientes: "Moros, moros".

Por supuesto, Abascal, igual que Torrente, puede hacerse amigo de un musulmán siempre que traiga dinero negro en las alforjas, aunque sean billetes iraníes de un grupo de resistencia marxista-islámico, lo cual es algo así como un ateo recalcitrante rezándole a la Santísima Trinidad esculpida en lingotes de oro. A esta misma especie de pilates mental donde las mujeres aceptan servilmente su inferioridad secular y los pobres la bota del señorito pertenece también la proclama ultraderechista de Bertrand Ndongo, un filósofo de Camerún que advierte del peligro del efecto llamada y que durante todos estos años en España dice haber sufrido racismo únicamente por parte de una latinoamericana.

No es nada raro encontrar a un Tío Tom integrado perfectamente en la maquinaria propagandística diseñada por Steve Bannon, arquitecto de la campaña electoral de Donald Trump, más aun cuando el voto latino fue una de las grandes sorpresas de su victoria. El razonamiento de Ndongo, como el de los mexicanos que votaron por Trump, es el mismo de los capataces judíos que ayudaban a los nazis en los campos de concentración: una vez me haya colocado yo en la pole position, se cierra el chiringuito y el que venga detrás que arree.

Un discurso bastante distinto al de Serigne Mamamdou, un inmigrante africano afincado en Sevilla que le explica a Abascal que mucho hablar de españoles primero, pero que es él quien se levanta a las seis de la mañana para ir a trabajar. A trabajar en el campo, con un frío que pela, no a limpiarle el culo a Franco en el programa de Susana Griso. Ndongo lo ha blanqueado tanto y tan bien que hasta se ha mimetizado con el paisaje: asegura que aquí lo defienden los españoles y lo atacan los negros, igual que en aquel chiste en que un negro se sometía a un experimento para volverse blanco, le daba una pastilla a su mujer, se volvía blanca también, pero el hijo de ambos se negaba en redondo y el padre al final saltaba: "Mira, llevo media hora de blanco y ya tengo problemas con el negro de mierda este".