Opinion · Punto de Fisión

Calvario para tres

Decididos a compartirlo todo antes y después de las elecciones, la Triple Entente de la derecha se ha puesto a conmemorar la Semana Santa por adelantado mediante un ejercicio de martiriología avanzada por el nordeste peninsular, esos territorios hoscos donde agitan otras banderas y farfullan otros idiomas. Ser maltratado no es un mérito, decía George Bernard Shaw, pero, a falta de pan, buenas son tortas. Así, a falta de ideas, hay políticos que han hecho su carrera a base de un familiar asesinado, de una bomba de ETA o incluso de una hostia propinada a traición que le descoloque a uno las gafas. Besar niños durante un mitin ya está muy visto, con lo que los asesores electorales prefieren a un niño más crecido y con la mano bien larga que garantice una portada en los telediarios. La expresión «hostias como panes» en campaña viene a ser la traducción castiza de aquel arriesgado aforismo de Nietzsche: «lo que no me mata, me hace más fuerte». En castellano nos gusta más el refrán: lo que no mata, engorda.

En busca de ese michelín de votos que oscila entre dar que hablar y dar lástima, la candidata del PP por Barcelona, Cayetana Álvarez de Toledo, iba a asistir a un acto en la Universidad Autónoma de la capital catalana y de inmediato su presencia fue interpretada por cientos de estudiantes como una provocación sin precedentes. La provocación no estaba en que Cayetana no sepa catalán, ni siquiera en que fuese Cayetana, sino más bien en que acudiese a una universidad, ese extraño edificio donde las personas normales deben hincar los codos y gastar cinco, seis o siete años de su vida en sacar un título, mientras que a los prebostes del PP los títulos les caen directamente en el bolsillo por la gracia de Dios y de la Universidad Rey Juan Carlos. Tras el tumulto y los incidentes, se pudo ver claramente a uno de los acompañantes de Cayetana parando un taxi al estilo hitleriano desde lo alto de las escaleras, otro lugar ciertamente raro para parar un taxi.

Albert Rivera no podía quedarse atrás en el camino del martirio y marchó a Rentería a ver si había suerte y le salía un Alsasua, pero la cosa se quedó en cacerolada. Tras unos lazos amarillos gigantescos, el líder de ciudadanos agradeció con ironía el contrapunto de percusión a sus palabras, ya que está acostumbrado a dar mitines en Cataluña con un fondo de cacerolas. Habló mucho de libertad, como siempre, pero sin comprender que la libertad consiste en que un señor pueda organizar un acto en cualquier lugar de España y también en que la gente de ese lugar te reciba como le de la gana.

La jugada victimista también le salió redonda a Vox con sendos mitines en Bilbao y San Sebastián a los que apenas habrían acudido seis docenas de personas, pero que, gracias al principio de acción y reacción, se transformaron en calvarios prematuros aderezados con disturbios callejeros y varios heridos y detenidos. Mucho más consecuente, la gente de Vitoria recibió a Pablo Casado con un vacío unánime en el que apenas 450 almas intentaban cubrir los 8.000 asientos vacíos de una plaza de toros. Eso sí que fue un martirio en toda regla, tan doloroso que Casado emigró a Compostela el domingo para pedir a los espectadores que hicieran un ejercicio de empatía y se imaginaran que eran víctimas de ETA. Podía haberles dicho también que se imaginaran que eran víctimas del franquismo, pero para eso no hace falta imaginación sino memoria y un poco de piedad. Lo que ninguno de los asistentes pudo imaginar, por mucha fantasía que le echaran al asunto, es que se siente al ser Pablo Casado. Lo máximo que consiguieron algunos fue verse a sí mismos dentro de un botijo.