Opinión · Punto de Fisión

El votox

Vender la piel del oso electoral antes de cazarlo es algo muy común en los últimos tiempos, a pesar de que en varias y solemnes ocasiones lo que ha hecho el oso electoral es alzarse sobre las patas traseras y ponerse a rugir y a dar zarpazos, dejando a los expertos, a las encuestas, a los tertulianos, a las estadísticas y a las previsiones con los pantalones bajados y una cara de tonto a las tres capaz de durar hasta las próximas elecciones. Mucha gente, especialmente entre el electorado de izquierdas, va a abstenerse el 28 de abril porque no encuentran una opción política que les convenza al cien por cien, porque el PSOE siempre los ha decepcionado, porque Pablo Iglesias se ha ido a vivir a un chalet o porque el PACMA todavía no es lo bastante coherente como para proponer de candidato a un lirón careto.

El votante tradicional de izquierdas suele ser gente que acude a las urnas como si fuese a contraer matrimonio, empeñada en mirar los programas electorales con lupa y en examinar la trayectoria política de sus candidatos como si fuesen vidas de santos. Todo lo que se aparte un milímetro de la doctrina o de la virtud intachable será considerado producto caducado, sin entender que en la democracia (el peor sistema de gobierno con excepción de todos los demás) votar consiste en elegir no la mejor opción política sino la menos mala, la menos dañina y la menos impresentable. Al votante tradicional de derechas la virtud se la trae al fresco y poco le importa que el programa electoral se reduzca a la receta de la paella o a la lista de los reyes godos. No sólo le da igual elegir a delincuentes, a vagos o a maleantes con tal de que ondeen bien alto la bandera de España, sino que además esta vez tiene tres posibilidades donde hincar la papeleta: derecha de mercado, derecha hecha y derecha, y derecha muy hecha.

Para colmo, según el último barómetro del CIS, la batalla está ganada sin necesidad de pegar un solo tiro mientras la hipotética alianza de las Tres Marías se desmembraría por culpa de la dispersión de voto. ¿Para qué ir a votar si en el mundo feliz de Tezanos Tortajada, Sánchez lograría retener el poder con ayuda de Unidas Podemos y los reinos de taifas nacionalistas?

Ya tenemos varios avisos en el occipital, que decía Forges, y hemos visto suficientes veces cómo lo inesperado se llevaba el gato al agua, desde el brexit a Trump sin olvidar los doce escaños de Vox en Andalucía, lo cual más que un anuncio para poner las barbas a remojar es publicidad de Gillete a base de hachas. ¿Por qué pensar, como aseguran los analistas, que los 26 o 27 escaños que daban a Vox los cocineros del CIS estaban inflados en lugar de pensar que quizá podrían estar desinflados? Nadie daba un duro por Trump o por el brexit, pero la realidad a menudo se empeña en desmantelar los sueños y despertar al durmiente de una patada en las urnas. Seamos realistas: votemos lo imposible.