Opinión · Punto de Fisión

Apagar Notre Dame, nivel experto

Tuve que dejar de ir a las tertulias de Intereconomía no sólo porque pagaban muy poco sino porque no ganaba para los nervios. Había programas en que tenía que opinar sobre la despenalización del aborto, el nombramiento de una ministra, el agujero de la capa de ozono y el proceso contra Berlusconi. Más o menos por ese orden. Solían avisarme de vísperas para cantarme los temas, generalmente por la noche, así que debía hincar los codos como en los tiempos de la carrera, con un examen de Gramática Generativa en ciernes y yo todavía sin saber si Chomsky se escribe con y griega o i latina. Peor aún era cuando me enteraba de la pedrea en la sala de maquillaje y salía al ruedo sin tener ni puta idea, farfullando sobre el aborto de una ministra, el nombramiento de la capa de ozono, el proceso del agujero y la despenalización de Berlusconi.

A veces lo echo de menos, pero el lunes y el martes fueron de esos días en que no lamenté haberme apuntado a la carrera de Todología en lugar de a Filología para acudir puntualmente ante las cámaras e impartir una lección magistral de ignorancia. Lo desconozco casi todo sobre la arquitectura gótica, no tengo la menor idea de apagar incendios, no sé nada sobre el protocolo de seguridad en obras de rehabilitación y mis conocimientos sobre restauración de monumentos históricos se limitan a una muela y un tobillo. Aun así, me habría tocado abrir la boca cuando me llegara el turno y rellenar diez minutos con necedades, algo que distingo muy bien en cuanto un tertuliano pisa una mina en terreno conocido.

Por ejemplo, hace poco, una supuesta experta en criminología opinó sobre el caso del caníbal de Ventas diciendo que estas cosas de matar a una madre, descuartizarla y comérsela en porciones antes no pasaban, que eran culpa de la televisión, del clima general de violencia y de los videojuegos. Lo dijo a pesar de que la mujer tenía edad suficiente para haber leído El Caso, un periódico pionero en temas de canibalismo, asesinatos en masa, contactos con extraterrrestres y sexo con animales. Todavía me pita en los oídos la barbaridad que soltó uno de los tertulianos de Intereconomía quien, para quitar hierro al escape radiactivo de Fukushima, dijo que no había que preocuparse, que la energía nuclear es segura y que hoy día las centrales se fabrican a prueba de meteoritos. Aparte del sentido común, yo sabía algo del tema porque acababa de documentarme para una novela ambientada en Chernobyl, pero me mordí los labios y no le repliqué lo obvio: que, probablemente, lo único que quizá aguantaría el impacto de un meteorito sobre la superficie terrestre era su mollera.

El lunes por la tarde, al tiempo que la aguja de Notre Dame caía hecha pavesas, célebres cuñados de todo el mundo daban instrucciones al cuerpo de bomberos parisino con el mismo desparpajo que un coro de ancianos ante la valla de una obra. Verba volant, scripta manent. La diferencia entre soltar un eructo en la barra de un bar y escribirlo en twitter es que en un bar el eructo se lo lleva el viento mientras que en twitter viaja en ondas concéntricas para pasmo y regocijo del mundo entero. Una armonía cerebral recorrió al unísono las mentes de Donald Trump y de José Manuel Soto al aconsejar el uso de hidroaviones y helicópteros para apagar el fuego, una genialidad semejante a la de talar un bosque de raíz para evitar incendios.