Opinión · Punto de Fisión

Manuel Alcántara en la gloria

En mis clases sobre columnismo solía decir a mis alumnos que el género en España limita al centro con Umbral, al norte con Alvite y al sur con Alcántara, tres ríos principales de una hidrografía amplia y caudalosa que viene de Larra, de Mesonero Romanos; pasa por Camba, por González-Ruano; y desemboca en los tres grandes deltas de finales del siglo pasado. Quienes los leíamos, ramoneábamos las hojas del periódico una a una (lechuga política, calabacines deportivos, zanahorias culturales) hasta llegar al momento espléndido del vermú, del whisky con hielo o del dry martini, paladeándolos palabra a palabra y gota a gota. Con ellos el periódico perdía la fecha, el funcionamiento y la ideología; dejaba de ser simple información comestible y se bebía en un poema que venía en vaso de tubo. Primero se fue Umbral, luego Alvite y ayer descubrí con tristeza que mi alegoría geográfica había pasado definitivamente al pretérito perfecto.

Durante seis décadas, Manuel Alcántara fue entregando día a día sus dos folios impecables mediante el arte andaluz de ir cortándose en lonchas -como le gustaba decir a Camba, que era gallego. Lo asombroso era que el jamón Alcántara nunca se acababa, que se hacía una transfusión de tinta a través de la Olivetti y tres o cuatro cigarrillos ordeñados al tiempo que tecleaba, sin darle mucha importancia al prodigio. Era un velocista nato, un plusmarquista de las cien palabras que no temía dilapidar una pierna en una columna o en un soneto porque sabía que le iba a crecer otra mañana, igual que un guerrero vikingo trasplantado del Valhalla a Málaga. Por culpa de tanta profusión, de tanta hemorragia diaria, nos quedamos sin una novela o un libro de memorias, pero para qué hacían falta la novela o el libro si Alcántara era un Lope por entregas además de uno de esos escritores capaces de comprimir tres o cuatro capítulos por párrafo y una vida en una frase.

En los últimos tiempos, sin embargo, se quejaba de que no podía con las piernas y de que le habían vendado los pies, lo que le recordaba que “así empezaron algunas momias”. Eran los 90 años de un hombre maravilloso y cordial que a los 82 confesó que le gustaría tener 80. Empezó escribiendo crónicas de boxeo a finales de los sesenta en el diario Marca, unas páginas fabulosas que eran como si Jack London escribiera en castellano o Norman Mailer tomara manzanilla. Vio un montón de combates y llegó a conocer a muchos púgiles retirados, tantos que un día decidió hacer un censo de boxeadores sonados, ésos que, como decía él, sonaba el timbre de un teléfono y se ponían en guardia.

Luego lo pasaron a opinión, pero daba lo mismo, porque ya hablara de política, de un gancho de izquierda, de una puesta de sol o de una verbena, Alcántara siempre lograba el milagro de escribir la luz, el humo del tabaco, el olor de esos puertos del sur con el mar encajonado entre sardinas muertas flotando y redes rotas. Dijo que había vivido lo suficiente para escuchar su propio obituario, pero nadie lo habría escrito como él. Lo más parecido que hizo está, tal vez, en su prólogo a las Memorias de su admirado César González-Ruano, donde enhebró un rosario de frases resplandecientes en las que parecía estar pensando en sí mismo. Por ejemplo: “Escribía por dinero y también por todo lo demás: por tranquilizar los nervios y por ponerse en limpio”. O bien: “Era un metafísico, un ser angustiado por el vértigo del tiempo, un hombre que tenía conciencia del tremendo bromazo que supone venir al mundo y, además, tener que irse de él”.

Sobre la broma macabra de la muerte escribió versos y prosas tremendas, desde ese soneto en que  una radiografía le evocaba “la vocación de muerto” en su esqueleto, a ese terceto en el que deseaba: “Y morirme de repente / el día menos pensado. / Ése en el que pienso siempre”. Tuve la suerte de conocerlo, aunque fuese de refilón, en uno de esos encuentros con columnistas que organizaba en Málaga y al que tuvo la generosidad de invitarme. Comprobé que era verdad que tenía rostro de “pésimo actor mexicano”, como dijo de él otro grande, Fernando Quiñones, pero no sólo por el bigote trasnochado sino porque no sabía fingir lo más mínimo. Se la traían al fresco la posteridad y la gloria, salvo la gloria que consiste en que una mujer se acercara a saludarle sonriendo y decirle que lo leía a diario. Hacía tiempo que abandonó el oficio, pero esta mañana los periódicos donde escribía y donde no escribía se han despertado la hostia de viejos.