Punto de Fisión

Tres patas para los bancos

La modalidad del debate a cuatro siempre me hace recordar aquellas peleas de lucha libre por parejas en las que llaves, costalazos, piquete de ojos y demás coreografías siempre venían por duplicado. Acentuaba la semejanza con Hulk Hogan, André el Gigante, el Último Guerrero, el Sargento Gorila y otros entrañables gladiadores de nuestra infancia una fanfarria galáctica y cansina que no paró de sonar ni un segundo antes del debate e incluso durante las presentaciones de los candidatos, hasta que alguien debió advertir que se les estaba yendo la mano y bajó el volumen. Fue una lástima porque, para lo que había que oír, mejor seguir con la fanfarria.

La controversia entre los cuatro líderes evocaba un memorable concierto de música contemporánea que tuvo lugar en una sala de provincias de Argentina y del que Cortázar decía que el público no sabía muy bien qué hacer ante el caos de chirridos discordantes. Al fin, de repente, por una especie de milagro, el cuarteto de cuerdas se detuvo al unísono y se oyeron algunos aplausos, ante lo que el primer violín se levantó y dijo: "Muchas gracias. Me alegro de que les haya gustado el primer movimiento. Ahora vamos con el segundo". Entonces el violonchelista se levantó farfullando: "Ma qué movimiento, qué movimiento, si yo ya me largué todo el cuarteto".

El violonchelista, lo han adivinado, era Albert Rivera, quien no paró de gesticular, moquear, interrumpir, arrugar la nariz y menear las pulseras que le habían puesto en la muñeca para la zona VIP del after donde aún debe estar celebrándolo. Enseñó también -además de diversos gráficos, chuletas, consignas contra el comunismo y pésames a los familiares de fallecidos en Sri Lanka- una supuesta tarjeta sanitaria alicatada con la bandera española que parecía uno de esos carnés falsificados con los que intentábamos colarnos en la discoteca. Fue Rivera también el que marcó la pausa definitiva del cuarteto: "¿Lo escuchan? Es el silencio". Su minuto final, más que épico, fue blásico: no se oía nada igual en materia de debates parlamentarios desde las chuches de Mariano.

Un poco más allá, aguantando una bofetada tras otra, Pablo Casado se estiraba intentando mantener su sonrisa de vendedor de coches usados mientras le atizaban con la corrupción, la Gürtel, Rodrigo Rato, las cloacas y la tonelada larga de mierda en que ha consistido la gestión de gobierno del PP desde Adán y Eva. Los coches usados, sin embargo, estaban demasiado usados y Casado no logró abrillantarlos a pesar de sacar a relucir la ETA, el independentismo, el golpismo, los batasunos y todo su repertorio de trucos baratos. Por si fuera poco, en varios momentos del debate, Rivera decidió unirse al bando contrario para demostrar que a veleta y manga ancha no le gana nadie, con lo que el cuadrilátero adquirió de nuevo el brillo de aquellos combates legendarios en los que los mamporros llovían como los mosqueteros de Dumas: todos para uno y uno para todos. Había dos palabras que no se le caían de la boca a Casado desde el minuto uno, "tarifa plana", que al principio se refería a la rebaja fiscal de los autónomos y al final al rigor mortis que le amueblaba la cara.

Sánchez estuvo bien, más que nada porque sonríe mejor y porque las motos que vende no están tan quemadas. No le faltó razón al decir que a Rivera y Casado, en vez de un detector de mentiras, habría que ponerles un detector de verdades: no hubieran pitado ni cuando dieron las buenas noches. Estuvo glorioso en el momento en el que le recordó a Casado qué significa realmente el feminismo y más aun cuando acto seguido se volvió hacia Rivera y le explicó que el vientre de una mujer no se alquila. "Usted es un carca" le respondió Rivera, demostrando una vez más que la esclavitud está de moda y que él es su profeta. No obstante, las tres veces en que Iglesias le emplazó para que anunciara si piensa pactar con Ciudadanos, Sánchez se limitó a mostrar lo bien que le sienta el traje.

Frente a los análisis de orina de Pablo Casado y la tarjeta de chichinabo de Rivera, Iglesias sacó la Constitución, de la que leyó varios párrafos como si estuviera repasando el catecismo. Fue un error de bulto porque la Constitución es una novela de ciencia-ficción que habla de imposibles como la igualdad, la justicia social, el derecho al trabajo, a una vivienda digna y otras utopías. Casado, Sánchez y Rivera son constitucionalistas hasta que caen en la cuenta de que la Constitución tiene más artículos aparte del 155. Por lo demás Iglesias se pasó un poco reclamando que le bajaran el IVA a los productos de higiene femenina, aunque ciertamente la cita del próximo domingo será cuestión de higiene femenina, masculina, homosexual, bisexual y trans. No habrá más que dos opciones, las que hubo siempre y las que siempre fallamos: gobernar para las personas o para los bancos.