Punto de Fisión

El Día del Libro sin el libro

Celebrar un segundo debate electoral calcado del modelo de la noche anterior y que venga a caer justo el Día del Libro suena un poco a cachondeo, pero peor sería que cayera en San Isidro y se pusieran a hablar de toros. De hecho, la tauromaquia sería lo más cercano que algunos candidatos habrían estado de la cultura en esta campaña: la tauromaquia, la equitación y el tiro con pistola. El lunes, ni uno solo de los cuatro aspirantes mencionó la cultura en sus proclamas, la literatura, el cine, el arte o los tebeos, ni de refilón. El único, Pablo Iglesias, que tuvo el mal tino de llevar la Constitución, cuya prosa no es que tenga muchos vuelos y además pertenece al género fantástico. Leyó un poco en voz alta y la verdad es que parecía chino. Ahí sí que se oyó el silencio y no cuando lo anunciaba Albert Rivera.

La cultura se considera mercancía averiada, cosas de titiriteros, verbenas para los chavales. A muchos de estos patriotas de fogueo se les llena la boca con España y no comprenden que España, más que una banderita, es el Quijote, la Alhambra, Las Meninas, Los santos inocentes de Camus, un poema de Machado, el Doncel de Sigüenza, Fuenteovejuna, el Parce Mihi Domine de Cristóbal de Morales. Ayer se concedía el Premio Cervantes a Ida Vitale, una de las cinco mujeres que lo han recibido desde 1976, y ni el presidente del gobierno ni ningún otro de los principales candidatos tuvo ocasión de acercarse a la ceremonia más alta de las letras hispánicas. Luego dicen que les importa mucho el castellano y su supuesto retroceso en las aulas de Cataluña y el País Vasco, pero no se les ve con un libro en la mano ni por prescripción médica. Eso sí, no se pierden una final de fútbol, los tíos.

Atribuido a Sebastián de Almonacid, el sepulcro del Doncel de Sigüenza, con la maravillosa figura recostada de Martín Vázquez de Arce, es uno de los mayores emblemas del gótico tardío español, pero la tristeza inconsolable que emana de la estatua también viene a simbolizar el abandono secular en que yace la cultura en España. Escribir en España, decía Larra, es llorar, y tal vez nada lo exprese mejor que la melancolía de ese muchacho de alabastro sujetando eternamente un libro entre sus manos. Yo tropecé con ella, creo recordar, en el manual de Lázaro Carreter sobre literatura española, apuntalando una de las cumbres de nuestra lírica medieval, las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique. No falla, en cuanto alguien se pone a hablar del Cid y de épica nacional, resulta alérgico al arte, a la música y a la literatura.

Para celebrar el Día del Libro, la marquesa de Casa Fuerte, alias Cayetana Álvarez de Toledo, se fue a firmar ejemplares de la Constitución a San Jordi. No pasa nada, puesto que es un libro que nos representa a todos, pero estaría bien que se lo hubiera leído antes, en especial los artículos 9, 10, 14, 15 y 16. Esta veleidad aristocrática habría encajado mejor que en la realidad en cualquier episodio de la trilogía de La escopeta nacional, de Berlanga, porque Cayetana, con su homofobia visceral y su petición de ruedas de prensa para violadores, parece un vástago perdido de la familia del marqués de Leguineche. También Errejón aprovechó para hacer el paripé literario dejando en algún lugar del Puente de Vallecas un ejemplar de En la orilla, de Rafael Chirbes. En cuanto a Albert Rivera, nada más empezar el debate sacó de su cajón de las sorpresas la tesis doctoral de Pedro Sánchez y el aludido respondió con el libro sobre Abascal escrito por Dragó, dos perfectos ejemplos del fracaso escolar en España. Ya estaba toda la cultura sobre la mesa. El mismo día Rivera aprovechó para fardar con un Lexus LS500H de más de cien miel euros recién estrenado del concesionario. Todavía está leyendo el manual de instrucciones.