Opinion · Punto de Fisión

El rey está sentado

En el retrato real más perfecto de la pintura española (quizá de la pintura mundial), Velázquez acertó a colocar a los reyes difuminados en un espejo del fondo, a punto de extinguirse, como los espectros de los que hablaba el viejo amigo de Velázquez, Pedro Briones, en la obra teatral de Buero Vallejo. El verdadero tema del lienzo es el trabajo del pintor, que da un paso atrás, apartándose de la tela, para echar un vistazo a sus modelos mientras lo flanquean la infanta Margarita, dos acompañantes, una enana, un enano, una viuda y dos sirvientes, uno de ellos asomando desde una puerta abierta. En primer plano, tumbado en el suelo, hay un perro.

Velázquez, de pie, mira al espectador, hacia el futuro, y la perspectiva engaña de tal manera que no hay manera de ver el cuadro sin colarse en él, sin sentirse parte de ese triste cortejo de bufones y meninas agobiado por un firmamento de polvo. Es a nosotros mismos, perdidos en algún punto del tiempo, a quienes está pintando Velázquez y cualquiera que vaya al Museo del Prado a admirar la pintura no deja de buscar con un resquemor de incertidumbre su propio rostro en el espejo, como si fuese a aparecer allí de un momento a otro, prendido en las nieblas del azogue, apenas el pintor añada otra pincelada al cuadro.

En cambio, en el retrato oficial con que Hernán Cortés ha inmortalizado a Felipe VI no hay work in progress, ni perro, ni meninas, ni enanos: nada más que el rey, sentado sobre un fondo ocre, que observa con una mirada seria y fría a sus súbditos. Dice Cortés que ha intentado reflejar «cordialidad», «complicidad» y «confianza» en la expresión con que ha retratado al monarca pero lo cierto es que la cordialidad y la complicidad no se ven por ningún lado. Confianza sí, mucha, porque el rey está sentado en una silla que hace las veces de trono y su postura, tranquila hasta la relajación, denota que de esa silla no lo mueve nadie.

El rey está sentado, lo que facilita bastante la molestia de posar, aunque hoy en día los pintores trabajan con un amplio surtido de fotografías. Por cierto, el único grupo parlamentario que se opuso al desembolso de 88.000 euros por el retrato, Unidas Podemos, lo hizo argumentando que un retrato, en estos tiempos que corren, no era más que un anacronismo innecesario y que una buena foto habría salido más barata. Sin embargo, ¿habrá algo más anacrónico que la monarquía, a pesar de que siga habiendo tronos instalados por media Europa? ¿Habrá algo más anacrónico que un pintor llamado Hernán Cortés?

Antes los reyes posaban de pie, sujetando cetros, espadas o espingardas, símbolos de su poder ante el pueblo, pero a Felipe VI le basta con una silla y una corbata. «Sí, creo que comprendo» dice Pedro Briones guiñando sus ojos ciegos ante la belleza eterna del lienzo de Velázquez. «Un cuadro sereno, pero con toda la tristeza de España dentro. Esos seres son fantasmas vivos de personas cuya verdad es la muerte. Quien los mire mañana, lo advertirá con espanto, sí, con espanto, porque llegará el momento, como a mí me sucede ahora, que ya no sabrá si es él el fantasma ante la mirada de esas figuras y querrá salvarse con ellas, embarcarse en el navío inmóvil de esta sala, puesto que ellas lo miran, puesto que él ya está en el cuadro cuando lo miran. Y tal vez, mientras busca su propia cara en el espejo del fondo se salve por un momento de morir». En el retrato de Cortés no hay espejo al que agarrarse, aunque la agria mirada del rey nos retrata a todos.