Opinion · Punto de Fisión

Díaz Ayuso en el Media Markt

A estas alturas de la campaña todavía no está muy claro si en las próximas elecciones municipales y autonómicas el PP aspira a consolidar la presidencia de la Comunidad de Madrid o si va a abrir una sucursal para tontos de pueblo. Básicamente, quien menos claro lo tiene es Díaz Ayuso, quien se multiplica ante los micrófonos y las cámaras como si cualquier día se le fuesen a acabar las chorradas.

También hay serias dudas sobre si lo que suelta esta mujer cada vez que abre la boca son chorradas, monólogos cómicos, improvisaciones de última hora, cavilaciones sesudas, chistes malos, parte del programa electoral o una estrategia de campaña basada en el humor negro. Todo puede esperarse de una formación cuyos líderes lo mismo atropellan la moto de un agente de movilidad que encuentran un maletín forrado de billetes en el altillo. Se empieza por montar unas pequeñas tramas de saqueos millonarios a nivel estatal y se termina por robar cremas de manos en el Eroski.

Mientras los candidatos de Vox han decidido mostrar un perfil bajo ante los medios, sospechando que a lo mejor la gente se entera un día de lo que pretenden, Díaz Ayuso no tiene el menor problema en decir lo primero que se le ocurre a ella, a sus asesores e incluso a los candidatos de otros partidos, a los que a cada nueva ocurrencia se les va quedando más cara de señora Dumont paralizada ante la incontinencia verbal de Groucho. No teme mostrarse tal cual es ante los madrileños, metiendo la pata por ella, por todos sus compañeros, por buena parte de la oposición e incluso por los que piensan abstenerse.

Un día dice que está a favor de romper con la dictadura de las feministas radicales, un terrible sistema de gobierno que, de momento, sólo funciona en su cabeza. Otro día dice que tiene una propuesta para considerar a los concebidos no nacidos como miembros de una familia numerosa. Otro día critica la política medioambiental del Ayuntamiento porque ha hecho desaparecer los atascos en el centro de Madrid, una de las principales señas de identidad de la capital. Otro día corrige la burrada de Vox acerca de exiliar la fiesta del Orgullo Gay a la Casa de Campo, ya que podría molestar a las familias que van a merendar allí. Ayer mismo, en Las Rozas, advirtió a los vecinos del peligro de irse de vacaciones, porque los podemitas podían expropiar sus casas al estilo venezolano para dárselas a sus amigos okupas.

Aquel famoso lema del Mayo del 68 parisino («la imaginación al poder») se queda muy corto ante las fantasías cómicas de Díaz Ayuso, una mujer que añora los atascos de tráfico en La Gran Vía al tiempo que le pone unos pololos a un feto de tres meses. En sus últimos años, durante el derrumbe político, moral y policial de sus sucesivos gobiernos, Esperanza Aguirre esgrimió la hipótesis de que ella sólo era una pobre tonta del bote que no se enteraba de nada, especialmente de la banda de ladrones que trabajaba a su amparo. En cualquier momento Díaz Ayuso podría pasar del dicho al hecho. Que un ejemplar de estas características, en lugar de protagonizar una campaña de Media Markt, esté a tiro de alcanzar la presidencia de la Comunidad de Madrid no es fácil de explicar, pero quizá se trate de una maniobra interna del PP para hacer que, a su lado, Pablo Casado parezca Napoleón en Santa Elena y Mariano Rajoy, el hombre que no entiende su propia letra, Pericles en el Areópago.