Opinión · Punto de Fisión

Cadena perpetua: 25 años y un día

En las discusiones cinéfilas casi nunca falta una mención a la novela en la que está basada la película, ese viejo chiste en que dos vacas están ramoneando unos rollos cinematográficos y una de ellas dice: “Me gustó más el libro”. La vaca suele olvidar que hay docenas de obras maestras del séptimo arte cimentadas sobre volúmenes mediocres. ¿Alguien se acuerda de Psicosis de Robert Bloch? Yo lo leí a los quince años y no me impresionó gran cosa, sobre todo al lado de la inolvidable ducha de sangre de Hitchcock. Tampoco sé de nadie que haya leído If I Die Before I Wake, la novela de Sherwood King que dio lugar a La dama de Shangai, de Orson Welles, quien cuenta que vio la novela en un quiosco de periódicos, cuando estaba enviando un telegrama a un productor y le pidió que comprara los derechos sin haberla leído siquiera. Recuerdo también la lectura de El resplandor, de Stephen King, y el modo en que me eché a reír hacia el final cuando las figuras gigantescas recortadas en el seto cobran vida. Pasada por el ojo celestial de Kubrick, el chiste se transforma en pesadilla.

Aparte de su impresionante y exitoso legado literario, Stephen King es uno de los escritores que más suerte han tenido con las adaptaciones cinematográficas de sus libros, a pesar de que él se queje de lo contrario. El resplandor, Carrie, Misery, Verano de corrupción, La niebla, por citar sólo las mejores, a las que hay que sumar la extraordinaria primera temporada de la teleserie Mr. Mercedes. Cadena perpetua, de Frank Darabont, merece un lugar aparte en esa lista porque es la única que cae fuera del género de terror, ya sea terror sobrenatural o thriller sanguinario. Basada en un relato corto (Rita Hayworth y la redención de Shawshank), cuesta creer hoy día, un cuarto de siglo después, que pasara bastante desapercibida tanto para la crítica como para el público. Nominada a siete Oscars, no se llevó ni uno.

King contó que en su relato homenajeaba las películas de presos que había visto de niño y es fácil rastrear esos recuerdos, por ejemplo, en el pajarillo que cuida Brooks, un guiño a la magnífica El hombre de Alcatraz, de John Frankheimer, donde Burt Lancaster, tras décadas de vivir entre rejas, empieza por amaestrar gorriones y termina convertido en ornitólogo. Se trata, evidentemente, de un drama carcelario, lo cual quiere decir también una película masculina casi cien por cien, machorra hasta las cachas, una historia de amistad entre hombres como pocas veces se ha visto en una pantalla, a la altura de El hombre que pudo reinar o Maccheroni.

Más allá del extraordinario elenco y de la perfección con que está dirigida, no es sencillo explicar a qué obedece el encanto inagotable de Cadena perpetua, una cualidad que excede sus virtudes técnicas. Sospecho que quizá se deba a la amalgama de dos tonos contrapuestos y en apariencia irreconciliables: por un lado, el realismo y la crudeza de ciertas secuencias, como las violaciones reiteradas al protagonista en sus primeras jornadas en prisión o la bestialidad de los guardias; por otro, el extraño aire de parábola que desprende la película, con un inverosímil plan de fuga calculado al milímetro y sus sentencias de sabiduría penitenciaria. De ese doble código, ese fuego cruzado entre la violencia y la dulzura, el rigor y la fábula, el espectador no sale indemne. Vista con la cabeza fría, entre las incongruencias de guión y el maniqueísmo elemental de los personajes, la película se desgarraría como el poster de Rita Hayworth hecho jirones para mostrar el boquete que oculta.