Opinion · Punto de Fisión

Ortega Smith, un facha del método

Con Vox no ganamos para sorpresas. Un día publican que uno de sus candidatos pertenecía a la Hermandad Aria y al día siguiente se descubre que otro de sus candidatos afirma que el escaso contingente de judíos que murió en la Segunda Guerra Mundial fue a causa de una intoxicación alimentaria. Hay candidatos que opinan que los homosexuales son enfermos mientras otros candidatos opinan que los homosexuales no existen, al menos en España. Esta confusión viene, probablemente, de haber elegido el verde fosoforito y el latín como símbolos de la formación, con lo que mucha gente piensa que se trata de ecologistas de Greenpeace y otro montón de gente cree que se dedican a la venta de diccionarios. Cualquier día nos vamos a enterar de que Vox son de derechas.

Es normal que sus dirigentes se enfaden, puesto que parece haber oscuros intereses empeñados en difamarlos. Lo cierto es que los medios tienen bastante culpa de este error de percepción y ayer mismo salió publicado en La Marea un artículo de 1986 escrito por Javier Ortega Smith en el que ensalzaba sin pudor a Falange, a José Antonio Primo de Rivera y a diversos mártires falangistas caídos por Dios y por España. La noticia ha resultado sorprendente puesto que ignorábamos que este hombre tuviera un pasado facha: pensábamos que el pasado facha le ocupaba la vida entera, el presente y el porvenir, que llegaba hasta el momento en que estoy escribiendo esto y al segundo en que usted está leyéndolo. No hace ni un año que Ortega Smith se trasladó a Callosa de Segura, Alicante, para apoyar a los vecinos que reclamaban el retorno de la cruz franquista y allí grabó un video donde decía, literalmente: «Qué daño hace una cruz que lleva años y años y años recordando hechos tristes, sí, personas que fueron fusiladas en una guerra, pero sin odio, con amor». Hasta hubo mal pensados que, por culpa de la cercanía gramatical, lo del amor lo aplicaban al fusilamiento en lugar de al recuerdo.

La inmensa mayoría de los nazis, fascistas y fachas que pululan por ahí son negacionistas estrictos no sólo en relación al Holocausto sino también en lo que respecta a sus propias convicciones políticas. Schlemmer, el secretario de McNamara en la hilarante comedia de Billy Wilder, Uno, dos tres, negaba hasta el desmayo su pasado nazi asegurando que durante la guerra fue conductor de metro y que allí, bajo tierra, no se enteraba de nada. Cuando McNamara le dice con sorna que seguro que nunca le gustó Adolf, Schemmer responde: «¿Adolf? ¿Qué Adolf?» Y cuando al fin sale a la luz que estuvo en la SS, se excusa diciendo que trabajaba en la cantina, de repostero. «Además, era un malísimo repostero».

Ortega Smith, con su experiencia en el Grupo de Operaciones Especiales, ni siquiera puede presumir de una hoja militar en blanco, impoluta, como la de su jefe de filas, Santiago Abascal, que no tuvo tiempo de servir a España porque estaba muy ocupado pidiendo prórrogas. A Hitler algunos de sus generales lo llamaban «cabo» porque fue el máximo grado que alcanzó en el ejército alemán durante la Gran Guerra, mientras que Franco tuvo que dejarse bigote para que los suyos no lo confundieran con una vicetiple. A Ortega Smith lo está lastrando en su carrera al estrellato un exceso de sobreactuación, esas declaraciones intempestivas en las que dice que las mujeres tienen derecho a comer más o menos, o a dejarse el pelo largo o corto, pero no a practicar el aborto. Es un hombre que dice lo que piensa, lo cual está muy bien en cuanto a sinceridad y transparencia, aunque sería aun mejor si pensara lo que dice.