Opinion · Punto de Fisión

Final de champaña

En la recta final de campaña, al menos en Madrid, los candidatos de la derecha lo están dando todo a la hora de alertar a los electores del enorme peligro que corren no sólo si no recuperan el Ayuntamiento sino también la Comunidad en caso de que caiga en otras manos que no sean las suyas. Esta misma semana el PP y Ciudadanos se cerraron en banda a una propuesta de Unidas Podemos que por 21 millones de euros pretendía abrir un centro de protonterapia, una novedosa técnica de radioterapia de alta precisión contra tumores sensibles. Ellos prefieren que Amancio Ortega haga una donación de las suyas (al estilo de Pablo Escobar en Medellín) con las sobras del dineral que se ahorra en impuestos tributando beneficios donde le da la gana.

Todos conocemos los curiosos procedimientos con que las Aguirres, los Gallardones, las Botellas y las Cifuentes han gobernado los asuntos de la capital. Hospitales públicos desmantelados para entregárselos por cuatro duros a unos amiguetes. Obras babilónicas con presupuestos inflados que se alargaron durante lustros. Colegios cuyas licencias de apertura llevaban aparejadas mordidas millonarias que ingresaban directamente en el bolsillo de Granados y sus colegas. Medidores de contaminación urbana que se trasladaron en medio de la Casa de Campo. Es normal que la gestión de Carmena les parezca una afrenta a los privatizadores, puesto que en una sola legislatura la deuda de la capital se ha reducido en más de cinco mil millones de euros, un descenso de más del 54%.

Puesto que en cuestiones de economía, medio ambiente, educación, sanidad y servicios públicos, la derecha no tiene mucho que decir -no digamos ya en cuanto a la gestión de ayuntamientos y comunidades-, estos últimos días han decidido tirar la casa por la ventana. Sustituyendo a Begoña Villacís, hospitalizada tras sufrir un cólico nefrítico después de la cesárea, Silvia Saavedra hizo el papelón de su vida, el de rubia del bote, del mismo modo que el quarterback suplente de un equipo estrella se pega un costalazo el día de la final. Aparte de los tartamudeos, las incongruencias y las chorradas pertinentes, no se le ocurrió otra cosa a la buena mujer que sacar una foto de Lenin para avisar del gulag que se les viene encima a los madrileños. Era, además, un Lenin horizontal, un Lenin tumbado a la bartola, que es la mejor manera de apuntar que un comunista, cuando no está haciendo el mal, está haciendo la siesta.

Más allá de la derecha, ya cerca de la pared, ha saltado a la palestra el tema verdaderamente inquietante de esta campaña: la fealdad. Lo ha sacado a relucir Jorge Buxadé, candidato de Vox a las europeas, con un sermón extraída del cuento de La Cenicienta en el que las feministas de Unidas Podemos toman el papel de las hermanastras feas. No es la primera vez que los voceros de la ultraderecha esgrimen este argumento de doble filo: lo hizo en su día Arturo Fernández en una tertulia de Intereconomía, delante de un plantel de figuras que parecía La parada de los monstruos. A Buxadé le ha caído la del pulpo porque se le ocurrió ponerse en el papel de Príncipe Azul sin esperar antes el beso de un hada y sin meterse previamente dentro de un saco.