Opinion · Punto de Fisión

Vida después de la muerte

«Ningún hombre que haya pasado un mes en las celdas de la muerte / cree en las jaulas para las fieras». Lo escribió el gran poeta estadounidense Ezra Pound en sus Cantos Pisanos, en referencia a las tres semanas que pasó encerrado en una jaula a la intemperie a las afueras de Pisa, custodiado por el ejército aliado. Acusado de colaboracionismo por sus intervenciones en la radio italiana a favor de Hitler y Mussolini, al final de la guerra Pound se salvó del juicio por traición gracias al alegato de locura y estuvo internado en un centro psiquiátrico hasta 1958, en que finalmente recobró la libertad y pudo regresar a su añorada Italia. Lo primero que hizo, después de desembarcar en el puerto de Napolés, fue alzar el brazo derecho en un gesto que era una parodia o una nostalgia del saludo fascista.

Pound es sólo uno más en el largo e ilustre rosario de escritores que encontraron aliento en prisión, una lista gloriosa que incluye a Francois Villon, a Oscar Wilde, a Fray Luis de León, a Voltaire y a Sade. En la cárcel se forjaron los últimos versos de Miguel Hernández, las Memorias del subsuelo de Fiodor Dostoievski, los Relatos de Kolymá de Varlam Shalamóv y el primer espectro del Quijote. También hay delincuentes que, tras pasar una larga temporada entre rejas, hallaron una inesperada vocación literaria, como Edward Bunker (No hay bestia tan feroz) o Henri Charrière (Papillon). Sin embargo, más allá de unas cuantas excepciones, no existen evidencias de que el sistema penitenciario haya servido para descubrir o ejercitar el talento artístico, a menos que uno crea en las virtudes del martirio. De la cárcel se suele salir, cuando se sale, vapuleado, destrozado, humillado y sin esperanza alguna.

Por eso un libro como Vida después de la muerte, de Damien Echols (que acaba de editar Orciny Press en una magnífica traducción de Hugo Camacho) resulta admirable desde cualquier desde punto de vista. Echols pasó casi veinte años en el corredor de la muerte después de ser injustamente acusado, junto a Jason Baldwin y Jessie Miskelley Jr., de los brutales asesinatos de tres niños en West Memphis, Arkansas, en 1993. Un documental escalofriante (Lost Paradise, del que luego se hicieron dos secuelas) alertó de los errores e irregularidades que tuvieron lugar durante el proceso que los llevó a la pena de muerte. Una investigación chapucera hasta el delirio; una instrucción judicial de chiste, donde los ropajes negros y las creencias espiritistas de Echols fueron admitidas como pruebas; y la confesión manipulada de Miskelley, que fue realizada sin contar con la presencia de un abogado o un mentor siendo menor de edad y con un cociente de inteligencia por debajo de la media, son sólo algunos de los elementos que convirtieron aquella farsa en uno de los mayores escándalos jurídicos de la historia de los Estados Unidos.

Indignada por el documental, una multitud de voluntarios entre los que se contaban algunas destacadas personalidades del cine (Johnny Depp y Peter Jackson), consiguió recaudar fondos para intentar reabrir el caso. Después de más de tres décadas de sufrimiento casi inconcebible, todo se resolvió en agosto de 2011 merced a un desenlace digno de una novela de Kafka en el que, merced a una triquiñuela denominada Doctrina Alford, los acusados se declararon culpables del crimen, a pesar de su inocencia, con la condición de no denunciar al estado de Arkansas por el tremendo disparate legal del que fueron víctimas.

Damien Echols salió de prisión renacido, sin que los horrores del corredor de la muerte, ni la brutalidad infame de las cárceles estadounidenses, ni el rencor, la rabia y el odio en que chapoteó durante diecisiete años consiguieran doblegar su espíritu. No es bueno sufrir, dijo San Agustín, pero es bueno haber sufrido. Echols, además, logró algo más difícil todavía: emerger de esa terrible pesadilla con un libro extraordinario en su interior, un testimonio que no sólo relata en primera persona su calvario penal sino también la experiencia de su infancia en una familia blanca y pobre de solemnidad, sobreviviendo en una chabola miserable, soportando palizas y castigos. De la eternidad intolerable del tiempo en prisión, dice: «Este año, la propia idea de año se ha convertido en algo tan fino como el papel. Casi puedo alargar un dedo y hacerle un agujero con la uña».