Opinion · Punto de Fisión

De Madrid al subsuelo

Dicen que la victoria tiene muchos padres mientras que la derrota es huérfana, un refrán que difícilmente puede aplicarse al descalabro de la izquierda el domingo en Madrid, puesto que muchos de los actores implicados contribuyeron con su granito de arena o su pala de excavadora al espectáculo. Era difícil, muy difícil, especialmente teniendo en cuenta los dos tentetiesos que Casado colocó al frente del tinglado municipal y autonómico. Tanto Martínez Almeida como Díaz Ayuso se explayaron a gusto con excitantes propuestas tales como reservar la plaza de la guardería a los tres meses de embarazo o considerar los atascos en la Gran Vía fiestas folklóricas. Nadie podía creer que fuesen en serio, pero en el PP el ridículo es una seña de identidad tan vigorosa como el latrocinio y buena parte de los madrileños decidió elegir lo pésimo conocido otra vez.

Ahora de poco valen las lamentaciones, aunque Pablo Iglesias compareció ayer ante los medios para hacer una autocrítica que tuvo mucho de crítica y poco de auto. Salvo por razones personales, no se entiende muy bien que pidiera votar contra Carmena y a favor de una candidatura, la de Sánchez Mato, que no sacó un solo concejal en la capital. La lucha de testuces entre Iglesias y Errejón ha demostrado una vez más que no hay enemigo político más eficaz que quien te apuñala por la espalda (tres veces mejor que una) y que la atomización de la izquierda madrileña sigue el sendero de autodestrucción propuesto por la secuencia del Coliseo en La vida de Brian. Podemos, una formación que nació en la calle y se bautizó con un verbo hipotético, ha perdido tal cantidad de votantes que podría regresar a la calle en cualquier momento después de comprobar por enésima vez que la división es una operación matemática que no sirve para sumar. Madrid, que fue la plaza por la que empezaron el asalto a los cielos, los ha dejado en un hoyo al borde del cementerio.

Tampoco ha ayudado mucho la vieja costumbre socialista de colocar un paracaidista de candidato a la alcaldía, en este caso, Pepu Hernández, designado a dedo por Pedro Sánchez contando con su común pasión por el baloncesto. Un craso error de apreciación, ya que el electorado de la capital bien podía haber echado el resto con un entrenador de fútbol -Camacho, pongamos por caso- pero el noble deporte de la canasta no tiene tanto tirón. Ya dije en su día que a Pepu el paracaídas se le abrió antes de tiempo y el pifostio que se ha montado antes del aterrizaje ha emulado el magnífico prólogo de Torrente 3: El protector, con el avión estrellándose contra las Torres Kio y Torrente descendiendo suavemente entre la catástrofe.

Por lo demás, el pacto entre las tres fuerzas de la derecha que todavía está por producirse augura grandes momentos y corrimientos de tierra, empezando por la amenaza de Manuel Valls de desligarse de Ciudadanos en el caso de que negocien con Vox para arrebatar la alcaldía a Carmena. Es curioso que le salga ahora ese prurito ideológico al fichaje estrella del partido, cuando el pacto de Vox y Ciudadanos en Andalucía no se tradujo en ningún picor. Ya se sabe que si en España hubo alguna vez un político flexible, capaz de abanderar el feminismo con dos cojones o de comerse sus principios por una mínima cuota de poder, ése es Albert Rivera. Al menos la diversión está asegurada.