Opinión · Punto de Fisión

Chernóbil profetizada

Chernobyl, la teleserie de HBO, tal vez sea la película de desastres definitiva. Más que nada, porque parece un documental. En el cine de los años 70 se puso de moda hundir transatlánticos, estrellar aviones y quemar rascacielos con la idea de acojonar al personal a la hora de hacer caja. Drácula, Frankenstein, el Hombre Lobo, la Momia, se habían quedado viejos y ya no asustaban ni a los niños. Hubo que introducir la realidad en el género de terror y producir Aeropuertos uno detrás de otro, Poseidones cabeza abajo, meteoros chocando contra la tierra y volcanes en la erupción, hasta que a finales de la década, en marzo de 1979, tuvo lugar el accidente de Three Mile Island, en la central nuclear de Harrisburg, que por muy poco estuvo a punto de despoblar Pensilvania. Años antes, en 1975, en la provincia china de Henan, la inundación de la presa de Banqiao provocó más de 171.000 muertos y once millones de desplazados.

En la ficción, los japoneses ya habían ensayado el miedo que provoca la energía nuclear con una lagartija descomunal, Godzilla, resultado de una mutación atómica, una especie de respuesta metafórica a las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Pero en la realidad, la radiación atómica resulta un monstruo mucho más pavoroso e insidioso que un río de lava o un dinosaurio chutado a base de anabolizantes. Como si intentaran ganar la carrera espacial en otro terreno, el de las catástrofes nucleares, los soviéticos batieron ampliamente la marca establecida en Three Mile Island con el accidente de Chernóbil, en el que, al igual que el de Harrisburg, se mezclaron decisiones imprudentes con errores tecnológicos, un corolario de la ley de Murphy que viene a decir que un sistema, por el mero hecho de existir, tiene que fallar.

Se ha reprochado al Chernobyl de HBO, no sin razón, cierto tufo antisovético, aunque cabría preguntarse si el gobierno del presidente Reagan hubiese reaccionado de la forma en que lo hizo el Kremlin ante un desastre de tales dimensiones. La respuesta, tal vez, la tuvimos en 2005, con la lentitud, la falta de previsión y la nefasta gestión del gabinete de Bush tras la devastación del huracán Katrina en la zona de Nueva Orleans. Los rusos han amenazado con producir otra teleserie que apoye la teoría de que el accidente de Chernóbil estuvo en realidad provocado por la CIA, pero lo van a tener difícil a la hora de explicar por qué se ocultó la información a las autoridades civiles y no se dio la orden de evacuar completamente el área contaminada hasta que ya era demasiado tarde.

Sorprende que una hecatombe de las proporciones de Chernóbil haya generado tan poco interés en el cine, en la literatura y en la ficción en general. A finales de la pasada década, cuando estaba inmerso en la redacción de Punto de fisión (una novela ambientada en parte en Chernóbil) tuve que conformarme con unos cuantos documentales, el magnífico libro de Frederik Pohl y los escalofriantes reportajes fotográficos de Elena Filatova en su página web. No menos curioso es el hecho de que tanto Harrisburg como Chernóbil fueron de algún modo profetizadas en sendas películas: una, El síndrome de China, casi contemporánea del accidente norteamericano; la otra, Stalker, de Andrei Tarkovski, una de las obras capitales del cine basada libremente en la obra maestra de los hermanos Strugaccy, Picnic extraterrestre. En Stalker, rodada siete años antes del desastre de Chernóbil, un escritor y un científico contratan a un extraño personaje, el Stalker, que ofrece sus servicios de guía a través de un lugar desolado y prohibido al que llaman “la Zona”, un lugar donde supuestamente aterrizó una nave alienígena y en el que suceden cosas muy raras. Al igual que en Chernóbil, aparentemente, no hay nada especial allí, sólo ruinas, vegetación, perros vagabundos y una serie de trampas invisibles que acechan a los incautos que se atreven a aventurarse en sus parajes.