Opinion · Punto de Fisión

Abderramán, Abderramán

Cuando Abderramán III reinó, allá por el 920, todavía faltaban varios siglos para que echara andar este invento político que llamamos España, pero las enciclopedias dejan claro que fue uno de los monarcas más tolerantes, cultos y espléndidos que hayan pasado por la península. También podía ser cruel hasta el punto de ordenar la ejecución de dos de sus hijos y varios familiares, acusados del delito de rebelión, o de maltratar y torturar a las concubinas de su harén por capricho. Se pasó media vida guerreando contra los reinos cristianos del norte y la otra media contra sus rivales musulmanes en el sur, algo muy común en ese cuento chino de la Reconquista que, simplificado hasta el tebeo que nos contaban en el colegio, fue como una Cruzada a cámara lenta que se alargó más o menos ocho siglos.

El problema de estudiar historia con los tebeos del Capitán Trueno es que uno acaba haciendo el ridículo, poniéndose un morrión anacrónico en la cabeza o reivindicando al Cid como héroe nacional, cuando faltaban varios siglos para que existiera España y cuando el auténtico Rodrigo Díaz de Vivar luchó en el bando de los moros más de una vez. No obstante, Abascal no fue el primer cateto que intentó apropiarse de la leyenda medieval: en 1987, en una sesión fotográfica de El País, un sonriente José María Aznar se disfrazó del Cid Campeador hasta el último detalle, alardeando de espada, capa y cota de malla, aunque a quien de verdad salía clavado era a Superlópez.

El patrioterismo palurdo y delirante de Vox ha llevado a un concejal de Cadrete a retirar el busto de Abderramán III de una plaza de la villa porque, según él, hay que colocar símbolos con los que todos los vecinos se sientan identificados. Tiene gracia que algunos vecinos estén molestos con una estatua de un personaje del siglo X mientras que en otros miles de vecinos en cientos de pueblos y ciudades de España deban tragar con calles, monumentos y homenajes dedicados a matarifes de antes de ayer, generales franquistas que asesinaron a sus abuelos y los dejaron enterrados en una cuneta o en medio de un descampado. Por si fuera poco, el concejal ha hecho su borrado histórico al estilo expeditivo de Torrente, que veía un moro en un avión y derribaba el avión para despejar las dudas.

En la limpieza étnica y religiosa que ha emprendido Vox deberían empezar por su propia casa, porque el perfil aguileño de Abascal resulta idéntico al de un jeque árabe. Sin embargo, tal vez no anden desencaminados al intentar arrancar a Abderramán III de la historia de España, ya que fue con él con quien el Califato de Córdoba alcanzó una época de esplendor cultural, artístico y científico que pocas veces ha vuelto a campar por la península ibérica. Desde luego, no a manos de los borbones, una dinastía originaria de Francia con la que nos la metieron doblada hasta el día de hoy. No digamos ya a manos de Franco, ese genocida que dejó España convertida en un erial donde sólo despuntan los cebollinos.