Opinion · Punto de Fisión

Pedro Sánchez, el autosexual

Entre las modalidades de sexo alternativo que ofrece la posmodernidad, están los japoneses que se casan con almohadas, los japoneses que se casan con hologramas y los españoles que se casan con su propia mano. A mi almohada yo también la quiero mucho, pero me parece excesivo dedicarle más de seis horas diarias de atención, por no hablar de prometerle fidelidad y amor eterno. En cuanto al sexo con hologramas, Akihiko Kondo conoció a su futura esposa dentro de un sintetizador de voz, un programa llamado Miku Hatsune que tiene millones de visitas en youtube, ha cantado con Lady Gaga y posó en la edición japonesa del Playboy. Como Miku Hatsune no está hecha de carne y hueso, Akihiko Kondo tiene que dormir con una muñeca de trapo; y como sus familiares no entienden la relación, se negaron a asistir a su boda, que vino a costa unos dos millones de yenes (unos quince mil euros, arriba o abajo). Como se ve, en esta clase de matrimonios todo son ventajas. Ignoro si Akihiko es familiar de Marie Kondo, pero no me extrañaría lo más mínimo.

Pedro Sánchez, en cambio, practica una forma más austera aun de relación sentimental, la autosexualidad, que no es lo mismo que la masturbación ni tampoco que el narcisismo pero que por ahí le anda. Los autosexuales son gente enamorada de sí misma, gente que disfruta practicando el sexo a solas y que fantasea imaginando encuentros eróticos consigo misma. En el caso de Pedro Sánchez, esta efervescencia de amor propio resulta incluso lógica, ya que, aparte de guapo, alto y bien plantado, ha resistido todas las tentativas posibles de divorcio, puñaladas por la espalda, dimisiones a traición, editoriales de El País, una opa hostil de fontaneros en Ferraz y un golpe de estado propiciado por Susana Díaz, que creyó que el #metoo se refería a otra ración de manteca. Por resistir, resistió incluso el responso fúnebre que le dedicó Antonio Hernando en el Congreso y que luego adornó el ataúd de Antonio Hernando.

Sánchez recobró el poder gracias a una campaña puerta a puerta en la que no tenía otra mercancía que vender más que él mismo. Ideología no había y programa político menos aun, pero qué falta haría, con lo bien que le sienta a Sánchez el traje. Del felipismo al sanchismo pasando por el zapaterismo, el retrato maldito del psocialismo español va acumulando en el desván todas las promesas incumplidas, las desigualdades sociales, la España por hacer, mientras Dorian Gray circula por la Moncloa hecho un primor. Yo mismo asistí en la Gran Vía a un mitin donde las señoras le gritaban: «¡Tío bueno!» Otra señora comentó: «Me gustaba Rubalcaba, que era viejo y feo, no me va a gustar éste, que está como un tren».

Sólo faltaba que Sánchez se piropease a sí mismo, aunque nos lo imaginamos abrazándose mucho y dándose besos a sí mismo en la intimidad. No quiere saber nada de Pablo Iglesias y cree que cuenta con apoyos suficientes como para sacar adelante la investidura, sin necesidad de novios, parejas o amantes ocasionales. Se ve que aprendió matemáticas en dos tardes, junto a Zapatero. La noche de la victoria, la afición le gritaba «¡Con Rivera no!» en las puertas de Ferraz, pero anda lo bastante ensimismado como para creer que oyó «¡Con Iglesias tampoco!» De otros batacazos más terribles ha salido indemne, y no sólo indemne, sino fortalecido, un Narciso que ha tomado lecciones de natación y un Icaro que va volando hacia el sol, sin alas.