Opinion · Punto de Fisión

El mundo patas arriba

Cuando yo era un pequeñajo que apenas levantaba cuatro palmos del suelo, sostuve una discusión teológica con un cura en la que por poco no provoco un cisma parecido al del Palmar de Troya: de un lado me quedaba yo y del otro, el resto de la iglesia católica. Después de leer muy por encima el Apocalipsis, se me ocurrió decirle que la Gran Ramera de Babilonia, sentada sobre siete colinas, no era otra que el Vaticano, aposentado sobre las siete colinas romanas, y que el Papa personificaba al Anticristo en persona. Cuando el cura, echándose las manos a la cabeza, me preguntó cómo demonios se me había ocurrido pensar eso, le expliqué que no había más que ver las cosas que predicaba Cristo (la pobreza, la humildad, la compasión) y ver las cosas que practicaba el Papa. Un señor que vive en un palacio, rodeado de oro, en uno de los países más ricos del mundo, con una banca propia dedicada a negocios de lo más sospechoso, y que además está tocado por el dogma de la infalibilidad.

El cura me dijo, sonriendo, que yo desconocía la historia de la Iglesia, pero si la hubiera conocido, aunque fuese de refilón, le podría haber ofrecido muchos más argumentos. En aquel tiempo yo me guiaba por un estricto sentido semántico, es decir, que me bastaba examinar las prédicas de Cristo y observar lo que hacían sus seguidores para colegir que, en efecto, el mundo entero estaba en manos del Señor de las Tinieblas. Hoy en día la antinomia se ha extendido hasta el punto de que una capitana italiana, Carola Rakete, puede acabar entre rejas por rescatar de una muerte segura a cuarenta náufragos. La omisión del deber del socorro es una ley sagrada del mar, muy anterior a esos revoltijos legales con los que los picapleitos de la Unión Europea han conseguido transformar el Mediterráneo en un espacioso campo de concentración bajo el que reposan docenas de miles de personas. La antinomia llega al extremo de que el promotor de esta barbarie lleva el apellido de Salvini, que no tiene nada que ver con el verbo «salvar» pero sí mucho con su padre ideológico, Mussolini.

Esta misma semana nos enteramos que Patrimonio Nacional va a gastarse más de 114.000 euros en flores y adornos para las dependencias de la Casa Real, una noticia que verdaderamente parece remitir al título inmortal de Berlanga, pero que se convierte en una broma macabra al pensar en cuántas familias desahuciadas, cuántos niños en peligro de desnutrición podrían capear unos meses si ese dispendio a mayor gloria de la monarquía se gastase en hortalizas en lugar de en flores. No es la única noticia apocalíptica relacionada con la peculiar familia borbónica, puesto que el pasado mes de mayo la reina Letizia fue agraciada con el premio anual a la personalidad más destacada en la lucha contra la violencia de género otorgado por el Observatorio de Género del Consejo General del Poder Judicial.

Cuando se suceden una detrás de otra estas injusticias vomitivas (y otras más terribles aun, como que la Audiencia Provincial considere un acto de violencia machista el suicidio asistido de María Carrasco, enferma de esclerosis múltiple que encontró la muerte gracias a la abnegación de su marido, Ángel Hernández), cabe preguntarse si el mundo no estará patas arriba, si la transvaloración de todos los valores de la que hablaba Nietzsche no será precisamente esta basura, si el Diablo no se estará riendo a carcajadas al leer los periódicos cada día, sin necesidad de mover un dedo.