Opinion · Punto de Fisión

Ortega Lara sigue secuestrado por ETA

Ayer se cumplieron 22 años de la liberación de Ortega Lara y nuestros diarios nacionales no dejaban de recordarlo a lo largo y lo ancho de titulares, negritas y cursivas. Como la agenda informativa del periodismo patrio no es fácil de comprender, conviene hacer una cronología del caso. Ortega Lara fue rescatado por efectivos de la Guardia Civil el 1 de julio de 1997; jubilado poco después, se presentó como candidato del PP a las elecciones municipales de 2003; ETA anunció el cese definitivo de actividades terroristas en 2011; Ortega Lara participó en la fundación de Vox en el 2014; finalmente, después de décadas de bombas, tiros en la nuca, secuestros y campañas de extorsión, el 3 mayo de 2018, ETA anunció su disolución como banda armada.

Sin embargo, esa amalgama denominada con no poco humor centro derecha nunca ha podido digerir la ausencia de ETA del escenario político. La echan de menos, de ahí que no se les caiga de la boca la traición que Sánchez va a cometer al apoyarse en los herederos ideológicos del terrorismo etarra, sin importar que, cuando les vino en gana o en función de sus intereses, ellos mismos iniciaron el diálogo con ETA. Nada menos que en 1998, más o menos un año después del final de secuestro de Ortega Lara, Aznar proclamaba en una rueda de prensa oficial, manoseando esas gafas que le daban un vago aspecto de intelectual, que había autorizado «contactos con el entorno del Movimiento Vasco de Liberación». Las mayúsculas se le notaban hasta en el bigote. No fue el único en traicionar sus principios siempre que hizo falta, ya que la hemeroteca también recoge las palabras de Javier Maroto cuando era alcalde de Vitoria y defendía un pacto con Bildu: «No me tiemblan las piernas para llegar a un acuerdo con nadie. Y creo que eso es bueno. Ojalá cundiese el ejemplo». Pues mira si ha cundido, Maroto.

La derechita cobarde y la ultraderechita que se coge la baja necesitan a ETA como al comer, ya sea para atribuirle los atentados del 11-M como para resucitar el espectro de los pistoleros cuando hace años que han desaparecido del mapa. Hay que pasar página ante las docenas de miles de españoles enterrados en las cunetas, las docenas de miles de españoles torturados en las cárceles franquistas, las docenas de miles de bebés españoles robados a sus madres y canjeados por dinero según el particular funcionamiento de la iglesia católica, pero no se debe pasar página ante las 857 muertes de ETA, las miles de familias destrozadadas y los cientos de miles obligados a emigar por el terrorismo etarra.

«Ser víctima no es ninguna virtud» dijo el periodista Jon Lee Anderson, citando a su modo aquella famosa frase de George Bernard Shaw: «Ser maltratado no es un mérito». Si se recordara a las víctimas del terror franquista -vivo y orgulloso de serlo como nunca estuvo desde la tranquila extinción del dictador- con una décima parte del entusiasmo con que se recuerda a las víctimas de ETA, a lo mejor este país podría cerrar sus heridas y encontrar la paz que tanto tiempo lleva buscando. Pero no es así por muchas razones, entre ellas, de qué iba a vivir Ortega Lara, un hombre condenado a rememorar sin fin el recuerdo de aquel zulo inmundo donde estuvo secuestrado y donde sigue secuestrado a día de hoy, rehén del rencor, triste marioneta de los oscuros poderes que lo manejan.