Opinion · Punto de Fisión

Una vindicación de Hemingway

Hace 58 años y un día, Ernest Hemingway bajó a la bodega de su casa en Ketchum, donde guardaba las armas, subió con una escopeta de caza y se pegó un tiro en la boca. Así ponía punto final a una larga historia de depresión, episodios paranoicos y problemas mentales que se remontaban al suicidio de su padre y de dos de sus hermanos. Su esposa, Mary, lo había sorprendido una vez en el aparcamiento de un aeropuerto, revisando las guanteras de los automóviles que pudo forzar para ver si encontraba una pistola en una de ellas. Había dicho: «Si no puedo existir como yo quiero, la existencia es imposible».

Hemingway siempre estuvo fascinado por la violencia, desde su experiencia como conductor de ambulancias en el frente italiano durante la Primera Guerra Mundial, donde fue gravemente herido y se enamoró de una de las enfermeras que lo atendieron en el hospital, lo que le serviría como centro argumental de su novela Adiós a las armas. Más tarde usaría también los toros, la caza, la pesca y el boxeo como escenarios donde dirimir esa pelea existencial que colocó en el centro mismo de su literatura. En Muerte en la tarde, su brillante ensayo taurino, cuenta cómo iba literalmente horrorizado a su primera corrida, amedrentado ante el espectáculo de los caballos de los picadores destripados (que por aquel entonces no llevaban peto) y, contra todo pronóstico, se enamoró de aquel espectáculo bárbaro donde encontró la ecuación que andaba buscando y que en el campo de batalla estaba demasiado enmarañada por el caos.

Si a alguien hay que achacarle cierta visión simplificada de España como un país brutal y salvaje, simbolizado por el maltrato animal elevado al rango de arte supremo, es a Hemingway. Una vez dijo que cambiaría con gusto el Premio Nobel de Literatura por una oreja en Las Ventas. Pero en sus grandes relatos africanos (Las nieves del Kilimanjaro y La vida corta y feliz de Francis Macomber), y en el magnífico libro en el que un viejo pescador captura un gran pez sólo para ver cómo lo devoran los tiburones, volvería una y otra vez a esa obsesión central que ocultaba un miedo enorme: el miedo a no ser lo bastante hombre.

Es muy posible que la impotencia, que planea por encima de una de sus últimas novelas, Al otro lado del río y entre los árboles, tenga algo que ver en el asunto. En su espléndida y nada complaciente biografía, Anthony Burgess apunta en la misma dirección: esa imagen de macho invencible que tenía que llevar encima a cada momento, con un rifle en una pradera africana, una caña de pescar entre las manos o sentado en un tendido de Las Ventas. Fuese como fuese, lo esencial es cómo fue levantando una obra literaria inmensa a partir de esos conflictos, una obra que es un logro incomparable y una de las mayores influencias de la narrativa universal. «El hombre no está hecho para la derrota» piensa Santiago, el anciano pescador de El viejo y el mar. «Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado».