Opinion · Punto de Fisión

Fran Rivera y el orgullo torero

En un país donde hasta hace nada los homosexuales tenían que esconderse (y en muchas aldeas y ciudades españolas todavía es mejor que sigan escondiéndose) a mucha gente le parece mal que dos muchachas se besen en plena calle o que dos hombres vayan de la mano transgrendiendo las enseñanzas del Antiguo Testamento. Para expresar este malestar sociológico, aparte de señoras de ultraderecha como Rocío Monasterio y de organizaciones homofóbicas, Fran Rivera ha hablado en el programa de Susana Griso, Espejo Público, donde ejerce de tertuliano con la misma solvencia que el Oso Yogui en una retransmisión taurina.

Rivera ha dicho que hay ciertas actitudes que no se pueden permitir que vean los niños, entre ellas, el sexo explícito, lo cual hace pensar en qué entenderá Rivera por sexo y qué entenderá por explícito. Por lo demás, yo nunca he entendido muy bien esa prohibición de prohibir la visión del sexo -sea hetero u homosexual- a los niños al tiempo que se les inyecta desde la más tierna infancia imágenes de violencia tan brutales como las de las películas bélicas, los videojuegos sanguinarios o las corridas de toros. Resulta mucho más útil para la sociedad educar a los niños para la rapiña y la guerra en vez de educarlos en el amor y la compasión. Mucho más edificante para un menor de edad que, en lugar de ver a dos jovencitos morreándose, asista al espectáculo de contemplar a Fran Rivera reventando vivo a un mamífero. Mucho mejor para su futura educación que no sepa nada de la atracción que puede existir entre dos personas del sexo que sea hasta que tenga edad suficiente para consultar una enciclopedia, pero que conozca cuanto antes los entresijos de esa excepción cultural hispánica por la cual un burdo matarife se transforma en artista.

Siguiendo a vueltas con el Antiguo Testamento, a Fran Rivera le preocupa qué pasaría si hubiese una cabalgata como la del Orgullo Gay pero con hombres y mujeres heterosexuales, una cabalgata parecida a las que montan ciertos colectivos de romería al Valle de los Caídos o a las que se forman en Semana Santa. En Semana Santa, por ejemplo, los críos también pueden asistir al edificante espectáculo que consiste en contemplar a unos tíos vestidos con caperuzas del Ku-Klux-Klan arrancándose la piel a latigazos. Eso es lo normal. Lo normal es que los homosexuales, las lesbianas y los transexuales sigan dentro del armario. Lo normal es que un energúmeno se escandalice por ver a un tipo maquillado con pantalones muy cortos que le dejan media cacha al aire, como si fuese una bailarina de estriptís, y lo amenace con inflarle a hostias y le diga que lo va a volver heterosexual a hostias. Lo normal es reírse del afeminado, del rarito, de la chica hombruna, como hacíamos con un mariquita que había en mi colegio, que el pobre hablaba con la misma voz de pito del Caudillo.

Hubo un tiempo en este país en que a las tertulias televisivas iban científicos, novelistas, poetas, intelectuales, e incluso filósofos, como aquel día en que José Luis Balbín invitó a Gustavo Bueno para que le explicara a un teólogo cuánta razón tenía Galileo en pensar que la Tierra era redonda y los diversos fallos de verosimilitud de algunos pasajes bíblicos. Recuerdo que aquella noche, en La Clave, pusieron para ilustrar el tema El planeta de los simios, una película en la que el mundo estaba dominado por los monos de la que no podíamos sospechar que íbamos a vivir un remake en directo. Cuando el matador Rafel el Gallo le preguntó a Ortega y Gasset a qué se dedicaba y Ortega le dijo que era filósofo, el Gallo comentó: «Tie que haber gente pa tó». Y así seguimos, entre monos y toreros.