Opinion · Punto de Fisión

Jesús Gil en cinemascope

Ante la imposibilidad de ambientar Los Soprano en los alrededores de la calle Génova, o de montar un spin-off de Boardwalk Empire en Eurovegas, la división española de HBO ha tenido que conformarse con sacar El pionero, un documental sobre Jesús Gil en varios episodios. No es una mala decisión, sobre todo teniendo en cuenta que, en algunos casos, Nucky Thompson y Tony Soprano no aguantan la comparación con la realidad. De hecho, para los que asistimos al auge y decadencia de la jesusgilmanía en los años ochenta y noventa, las imágenes y videos de archivo de El pionero resultan casi insufribles en su impudicia, su desparpajo y su obscenidad. «¿Es usted un conquistador?» le pregunta un periodista con lentes negras allá por 1968. «Soy, o me tengo por un creador» responde un joven Jesús Gil todavía no completamente moldeado por el alfarero de Willendorf.

Un creador, dice Gil, adelantándose varias décadas al término «emprendedor», caldo gordo del neoliberalismo fetén. La creación jesúsgiliana consistía básicamente en realizar obras faraónicas sin licencia, una iniciativa en la que levantó una urbanización ilegal en Los Angeles de San Rafael a base de abrazos y sobornos, una orgía de grúas y excavadoras que se saldó con el derrumbe de un restaurante y casi sesenta cadáveres bajo los escombros. Hay que frotarse los ojos y barrenar los oídos al escuchar las declaraciones de familiares y amigos que aseguran que Gil no tuvo nada que ver con aquella catástrofe, que el restaurante se vino abajo igual que se vino arriba, él solo, sin ayuda de nadie más que de la condenada fuerza gravitatoria.

Antes de ese pulso contra la ley de la gravedad, el documental indaga en los comienzos de la carrera de Gil, cuando se dedicaba a revender camiones de tercera mano mediante el procedimiento de darles una buena capa de pintura y echarle serrín al motor: una argucia que recordaba la de aquel traficante de caballos de Faulkner, que cogía un jamelgo a punto de morir, lo resucitaba mediante un neumático inflado a presión bajo el pellejo y lo subastaba en las ferias de ganado ante el pasmo del respetable. Más o menos, ese mismo procedimiento de chapa y pintura fue el que lo llevó a la presidencia del Atlético de Madrid, un club cuyas finanzas llevaba al estilo de la cuenta de la vieja y donde no había matemático capaz de desentrañar cuánto dinero pertenecía al Atlético y cuánto pertenecía a Gil.

Triunfó porque hacía gracia, porque daba portadas y titulares a mansalva, porque a los periodistas les encantaba entrevistarlo, aunque luego señalara a uno de ellos en mitad de una rueda de prensa y sentenciara: «Tú, a la puta calle». Su figura de cacique pantagruélico y amoral se revela en el instante de confesar que tuvo que ir indemnizando a las familias una a una, «comprando muerto a muerto», mientras él, antes del indulto, pasaba unos cuantos meses en la cárcel de veraneo, al estilo de Uno de los nuestros, con el rancho diario enviado desde el restaurante más famoso de Segovia, Cándido, el rey del cochinillo.

Fue un milagro que no se repitiera otra catástrofe como la de Los Angeles de San Rafael en cualquiera de los espantos arquitectónicos que empezó a levantar en Marbella, una vez más saltándose a la torera permisos de obra; de hecho, a día de hoy, todavía hay más de 30.000 viviendas ilegales, residuos de la época dorada de Gil, una ciudad que tiene el récord, probablemente único en el mundo, de 6.000 piscinas y 2 ambulatorios. Llegó a alcalde de Marbella para poder urbanizar donde le diera la gana y da miedo pensar qué no habría hecho de haber alcanzado la presidencia del gobierno gracias a aquel partido que se sacó de la manga y cuyas siglas correspondían con su apellido: Grupo Independiente Liberal.

Lo de «pionero» le va muy bien porque, no mucho después, Berlusconi alcanzó el poder en Italia merced a esa repugnante combinación de desfachatez y pragmatismo que resulta irresistible para las masas. Un club de fútbol, un imperio televisivo y una ausencia de escrúpulos acojonante es todo lo que hace falta para triunfar, pero Jesús Gil, por suerte para nosotros, nació demasiado pronto y era virtualmente incapaz de no llamar la atención. Había que verlo dando un mitin en el jacuzzi de Telecinco, flanqueado de tías buenas en bikini y con una cadena de oro al cuello gorda como una pitón. Igual que antes había llamado a Raphael, a Serrat, a Manolo Escobar para promocionar Los Angeles de San Rafael, en Marbella le hizo una oferta a Benny Hill, por aquel entonces ya en las últimas, para escenificar un duelo a bofetadas: Gil y Hill. Una leyenda negra afirma que Jesús Gil sigue vivo, a salvo del rosario de demandas pendientes, pero no es verdad: se ha reencarnado en Donald Trump.