Opinion · Punto de Fisión

Sad Hill: la mili tenía un precio

Una de las escasas ventajas del servicio militar era la cantidad de tiempo que te dejaba libre. Con los ratos muertos que yo perdí en varios cuarteles de Burgos podía haber aprendido a tocar el piano o haber escrito una tetralogía. En lugar de eso, te hacían un hombre, según aseguraban los sargentos, brigadas y demás suboficiales encargados de nuestro adiestramiento. A lo mejor por eso, porque se libraron del servicio militar mediante prórrogas y trucos del almendruco, Aznar y Abascal insisten tanto en cuestiones de hombría y patriotismo, una compensación psíquica por el hecho de no haber pasado de la adolescencia. Ahí los tenemos todavía, jugando a soldaditos.

En cambio, algunos de los chavales que hicieron la mili en Burgos, allá por la primavera de 1966, tuvieron la suerte no sólo de no perder el tiempo sino de contribuir a la realización de El bueno, el feo y el malo, uno de los grandes monumentos cinematográficos del pasado siglo. Fueron miles de reclutas quienes, trabajando a las órdenes de Sergio Leone, levantaron un puente sobre el río Arlanza y luego fingieron la batalla entre las tropas confederadas y las nordistas, antes de que un artificiero del ejército español ordenara la gran explosión con que concluye la secuencia. Por cierto, que el oficial al mando no siguió las órdenes del director y la detonación tuvo lugar antes de que las cámaras empezaran a filmar, con lo que los reclutas tuvieron que reconstruir el puente para la toma definitiva. No creo que les importara demasiado porque, aparte de la diversión, les pagaban un dólar al día, bastante más que las novecientas y pico pesetas al mes que recibíamos, más de veinte años después, los chavales de nuestro reemplazo.

Fue una de las muchas anécdotas que nos contaron Carlos Aguilar y Anita Haas a los participantes de la Caravana a Sad Hill organizada por Diodati Se Mueve, una plataforma especializada en turismo cultural que diseña fines de semana temáticos junto a poetas, novelistas, músicos y cineastas, que ya ha realizado viajes a la tumba de Machado y a la casa natal de Lorca, y que prepara para este otoño un periplo muy especial en torno a la película El resplandor de Stanley Kubrick. Dirigidas por Rosa Masip y por el novelista Fernando Marías, las excursiones de Diodati se Mueve mezclan cultura y gastronomía, proyecciones cinematográficas y charlas con expertos, conciertos y naturaleza, junto a anfitriones de la talla de Manuel Vilas, Vicente Molina Foix, Espido Freire o el músico Silberius de Ura.

Fotografía de Virginia Arizmendi

Tras la enésima revisión de El bueno, el feo y el malo, y la lenta digestión de un suculento cordero asado, la Caravana a Sad Hill puso rumbo desde Silos al valle de Mirandilla donde, siguiendo el fabuloso diseño de Carlo Simi, los reclutas españoles montaron el mítico cementerio circular donde tiene lugar el trielo, en el espectacular desenlace de la película. Fue una tarde maravillosa en la que Anita Haas desgranó algunas de las anécdotas del libro que escribió sobre Eli Wallach y Carlos Aguilar desmenuzó el clásico de Leone con buena parte de la apasionada erudición que dedicó al cineasta italiano en su imprescindible volumen de la colección Signo e Imagen de Cátedra.

Nos encontramos también con algunos de los admiradores de la película que, unos años atrás, dieron vida al proyecto de resucitar el cementerio, una admirable labor de arqueología cinéfila que resume el magnífico documental Desenterrando Sad Hill. Hay una iniciativa pendiente para declararlo Bien de Interés Cultural, lo que marcaría el primer hito en la geografía cinematográfica española. Merecería la pena porque pocos lugares en el mundo pueden competir con Sad Hill en belleza y resonancia mitológica desde el círculo donde, con música de Morricone, Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach bailan eternamente su danza de la muerte.