Opinion · Punto de Fisión

La vejez tecnológica

La tecnología nunca deja de sorprendernos. Ahora la gente anda como loca descargándose Faceapp, una aplicación que sirve para adivinar cómo será la propia cara dentro de unas cuantas décadas. Eso si hay suerte, si sobrevive uno a las enfermedades, a los accidentes, a algún atentado yihadista de los que esquiva el CNI o a las crisis cíclicas del sistema capitalista. Años atrás, lo que hacía furor era otra aplicación que cogía una foto del usuario y la transformaba en zombi: la foto zombificada hasta pegaba bocados si le pasabas un dedo por encima, dejando la pantalla del móvil salpicada de sangre quimérica. Pero ésta da mucho más miedo, desde luego, ya que el zombismo es cosa de George A. Romero, mientras que la posibilidad de llegar a anciano es cosa del código genético y casi lo mejor que puede ocurrirte.

La aplicación cuenta también con la posibilidad de rejuvenecer el retrato, pero casi nadie la utiliza, tal vez porque, a diferencia de aquel pájaro fantástico imaginado por Borges, todo el mundo quiere saber a dónde va, no dónde estuvo. Tengo yo una idea patentada para una app fotográfica con la que podría forrarme si supiera cómo puñetas desarrollarla, lo que pasa es que en el colegio no pasé de que las esculturas con plastilina de colores adquirieran un mugriento tono gris y de soldarme un dedo a una bisagra. No entiendo que la gente no desconfíe de los teléfonos inteligentes, no sólo porque pueden robarte toda la información, incluidas claves y contraseñas, sino porque, a la marcha que llevan, vamos a acabar todos como David Hasselhoff, reducidos a la tarea de chófer y dándole conversación al Coche Fantástico.

Mi primera sospecha de que la tecnología podía jugar sucio tuvo lugar en Motril, el día en que vi a mi padre junto a mi tío Cipriano, que en paz descanse, sentados los dos en un patio al fresco, intentando grabar unas canciones de Pepe Marchena. Estaban rodeados de cachivaches y de unos cuantos canarios encerrados en sus respectivas jaulas, y la tarea consistía en reproducir la cinta de Pepe Marchena en la radiocassete de mi tío al tiempo que se grababa una cinta virgen en la radiocassete de mi padre. Aquel registro histórico empezaba con las palabras: «Con ustedes el maestro de maestros, Pepe Marchena», espetadas sin el menor reparo por el propio Pepe Marchena, y a continuación trinos de canarios, la voz de mi tío preguntándole a mi padre si había pulsado el botón, la de mi padre diciéndome que cerrase la puerta de una vez y la de mi tía llamándonos a voces, en mitad de un martinete, que se estaba calentando el gazpacho.

Con el tiempo descubrí que, igual que todo el mundo, yo me había transformado en mi padre: fue el día en que intenté programar el video y comprendí que no tenía ni la menor idea de por dónde empezar el asunto. Decía Arthur C. Clarke que cualquier tecnología lo bastante avanzada es indistinguible de la magia; por eso, preguntarle al oráculo del teléfono cómo vamos a terminar probablemente sea equivalente a consultar el horóscopo o unas hojas de té o leer las líneas de la mano. Picasso, siempre adelantado a su época, le hizo un retrato cubista a Gertrude Stein que era un boceto del Faceapp; de hecho, cuando le reprocharon que el resultado no se parecía en nada a Gertrude Stein contestó: «No se preocupe. Ya se parecerá». Y en esas estamos.