Opinion · Punto de Fisión

Sanchismo a tres bandas

El primer discurso de investidura de Pedro Sánchez va a quedar en los anales de la oratoria parlamentaria como la obra maestra de la receta del agua de borrajas. Hubo menciones a Franco y al feminismo que provocaron aplausos fervorosos desde las gradas de la izquierda, aunque saben de sobra que la mojama del Caudillo, de momento, no se toca, y que el feminismo del PSOE no significa igualdad de derechos ni equiparación salarial, sino, más que nada, postureo fino. «Nos une la promesa de la izquierda» dijo Sánchez en presente del indicativo, obviando la evidencia de que su partido lleva ventitantos años de gobierno, con varias legislaturas en mayoría absoluta, conjugando la izquierda en futuro imperfecto. Una promesa es una promesa.

Entre el feto por nacer del feminismo y el cadáver de Franco por desenterrar se resume bastante bien el programa de Sánchez, que aun sigue practicando política a la manera de aquel viejo chiste de Andrés Pajares: un boxeador que amaga siempre con la izquierda y golpea siempre con la derecha. Hay que reconocer, eso sí, que Sánchez esconde su lado zurdo a la perfección, como que no hizo apenas una sola alusión a la formación que necesita desesperadamente para sacar la investidura adelante. Pidió la abstención a Ciudadanos, pidió la abstención al PP y sólo faltó que se la pidiera a Vox, como le recordó Pablo Iglesias cuando le tocó el turno de palabra. Advirtió que Unidas Podemos no se resignará a ser un mero decorado del gobierno, aunque las significativas omisiones de Sánchez los habían reducido a ser menos aun que eso: el papel de la pared.

Como director, productor y principal actor de la película, Pedro Sánchez pretende que los comparsas de Podemos hagan su papel siguiendo aquel sabio consejo cinematográfico que limitaba la actuación a recitar el guión y no tropezar con los muebles, sin caer en la cuenta que ese tipo de modelo interpretativo lanzó al estrellato a John Wayne. Iglesias estaba en el hemiciclo como el elefante en la habitación, ignorado por todo el mundo, hasta que subió a la tribuna, sacudió la trompa y se convirtió en el elefante en la cacharrería. Le recordó a Sánchez que el pacto de Estado que había propuesto no era para blindar las pensiones o garantizar un sueldo mínimo digno, sino para sujetarse a la poltrona del bipartidismo en virtud de una hipotética reforma del artículo 99 de la Constitución. Como si Sánchez no lo supiera.

En cuanto a Cataluña, era una lancha neumática que el silencio de Sánchez iba inflando hasta que alcanzó el tamaño de una ballena amarilla con varios elefantes dentro. Cuando la nombró ya se le había caído encima, mientras los palmeros socialistas que hace unos años pedían su cabeza aplaudían a rabiar. El problema de querer contentar a todo el mundo a la vez es parecido al de querer nadar y guardar la ropa, una dicotomía esquizofrénica a la que el PSOE lleva años jugando de farol y sacando beneficios: como que la ropa al final siempre se la roban a los que menos tienen. Casado y Rivera, por lo demás, podían haber subido a la tribuna como gemelos univitelinos o como un siamés de dos cabezas, proclamando al unísono los peligros del separatismo, el populismo, el sectarismo y demás ismos apocalípticos que amenazan con quebrar el país apenas Sánchez salga elegido. España se rompe una vez más. Cuando Iglesias trepó a la palestra, el siamés devino en cancerbero que le venía a decir lo mismo con tres tonos de ladrido: que hable claro de una puta vez. Como si Sánchez supiera, pobre hombre.