Opinion · Punto de Fisión

Es que van provocando

A nadie se le escapa que la principal causa de las violaciones en el mundo es el hecho de que las mujeres existen. Las mujeres es que no paran de provocar con sus contoneos libidinosos, sus zapatos de tacón, sus faldas estrechas y sus camisetas ceñidas, y poco puede hacer un hombre hecho y derecho ante esos excesos salvo sucumbir a sus instintos primarios o santiguarse y poner de tierra de por medio. Lo de santiguarse es un consejo opcional de la iglesia católica, algunos de cuyos máximos representantes han justificado a menudo la violación, el abuso, el estupro y la pederastia mediante este razonamiento sin vuelta de hoja. Es la extensión al ámbito del sexto mandamiento de la sabia perorata del sargento Hartman en La chaqueta metálica: «Recluta Patoso, si de verdad hay algo que odio en este jodido mundo es encontrarme con una taquilla abierta; si no fuera por cretinos como tú, no habría ladrones en este mundo».

Según las eminencias del catolicismo, los niños también son una de las mayores plagas en lo que a los delitos sexuales se refiere. Bernardo Álvarez, obispo de Tenerife, dijo en 2007 que hay adolescentes, menores de 13 años, que desean el abuso, que están perfectamente de acuerdo con él y que al menor descuido te provocan. Más o menos una década después, Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima, aprovechó su programa de radio para explicar que «hay abortos de niñas, pero no porque hayan abusado de ellas; son, muchas veces, porque la mujer se pone como en un escaparate, provocando». En 2011, Javier Martínez, arzobispo de Granada, comparó el aborto con los trenes de Auschwtiz y aseguró que una mujer que aborta está dando a los varones la licencia para abusar sin límites de su cuerpo.

Como se ve, los pecados de la carne son algo que preocupa a los prelados de la iglesia hasta el punto de la obsesión, como que el obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Plá, montó un consultorio sexológico para luchar contra la homosexualidad, la masturbación, la pornografía y la lujuria en general. De los problemas con las partes bajas, nadie sabe más que un cura por experiencia ajena y propia. Normal que un inquisidor de la época se descojonara de risa al leer las chorradas que había escrito en sus libros el marqués de Sade.

A pesar de su apabullante dominio del tema, este despliegue de erudición en materia de folleteo no es exclusivo de la iglesia católica. Este fin de semana, el obispo de la iglesia ortodoxa chipriota, monseñor Neophytos Masouras, ha desvelado uno de los misterios que más intrigaban a los científicos al explicar que una de las causas de la homosexualidad se debe a que los padres practican el coito anal cuando la mujer está embarazada. Era lógico que otro cerebro privilegiado, el de Damares Alves, ministra de la Mujer, Familia y Derechos Humanos en Brasil, alumbrara días atrás una sugestiva teoría para explicar la enorme cantidad de violaciones a niñas pobres en el estado amazónico de Pará: el problema es que no llevan bragas ni ropa interior de ningún tipo. Claro, van provocando.