Opinion · Punto de Fisión

Melville, 200 años de malentendidos

Hoy se cumplen dos siglos del nacimiento de Herman Melville y su obra sigue rodeada de misterios, errores y malentendidos, como los maderos del Pequod flotando en alta mar después del encuentro mortal con la ballena blanca. Las escasas ventas, las pésimas críticas y el descrédito que padeció Melville sólo se igualan al triunfo póstumo de Moby Dick varias décadas después de su muerte, cuando lectores, críticos y colegas de la talla de Faulkner o Lowry la consideraron la gran novela americana, el clásico indiscutible de la literatura estadounidense. Como Cervantes, como Kafka -con quien comparte un vago aire de familia-, como todo escritor verdaderamente grande, Melville fue completamente ignorado durante su vida y el desprecio generalizado de sus contemporáneos remacha el tópico de que un auténtico visionario siempre se adelanta a su época.

Es un estruendo tan unánime que -parafraseando a Cortázar- empieza a parecerse al silencio. El propio Melville advirtió, mediante varias indirectas y un agotador preámbulo de epígrafes, que la frenética búsqueda de Ahab estaba abarrotada de símbolos y claves ocultas; de ahí que, más allá de una tenebrosa novela de aventuras o un tratado sobre la caza de cetáceos, Moby Dick haya padecido interpretaciones de todo tipo, éticas, metafísicas, religiosas y políticas, y que haya sido leída desde una perspectiva alegórica, homosexual, ecologista o mística. Lo mejor es que, como El Quijote, como El castillo, la novela de Melville es capaz de soportar casi cualquier lectura y que esas diversas exégesis no son contradictorias entre sí: antes bien revelan la magnificencia de un texto que va mucho más allá de las intenciones de su autor, que sigue sobreviviendo a generaciones y a modas, y que tolera también los gruñidos y pataleos de quienes se aburren entre sus páginas con la misma desgana con que el cachalote desdeña los arpones clavados en su lomo.

Con todo, la obra de Melville no se reduce a Moby Dick: a pesar de las burlas recibidas en la prensa y de que ni siquiera llegó a agotar los tres mil ejemplares de la primera edición, siguió trabajando aislado del ambiente literario, recluido entre sus papeles, obcecadamente dedicado a la escritura. Ninguno de sus manuscritos posteriores alcanzó otra cosa que la incomprensión, a pesar de que la mayoría de ellos demuestren un dominio de la narrativa, de la profundidad psicológica, del suspense y del punto de vista prácticamente inigualable. Melville escribía en futuro perfecto. En El timador hay brotes de lo que estallaría mucho tiempo después en Nathanael West, en Barth y en Pynchon; en Benito Cereno persiste una asfixiante y extraña atmósfera de amenaza que preludia a Sartre y a Ionesco; en Billy Budd, marinero, publicada póstumamente, se escuchan ya las pisadas de Henry James y de Pinter.

A pesar de Moby Dick, la obra de Melville que hoy día sigue suscitando más enconados debates es un relato de apenas ochenta páginas, Bartleby el escribiente, que Borges hizo famoso con su traducción al castellano más un prólogo donde subraya el feroz nihilismo, netamente kafkiano, del personaje principal. Son muchos quienes siguen la brújula del gran escritor argentino, pero entre los disidentes merece la pena detenerse en este artículo de Antonio Jiménez Morato, quien empieza a demoler la lectura borgiana desde la supresión del subtítulo, bastante significativa (Una historia de Wall Street), y la adición de un verbo en la célebre cantilena de Bartleby: «Preferiría no hacerlo», cuando en inglés, en realidad, Bartleby sólo dice «Preferiría que no». Donde Borges ve irracionalidad y candidez, Jiménez Morato descubre un atroz ejemplo de explotación laboral y un sutil desvelamiento de las miserias del sistema capitalista, una lectura que ya apuntó Deleuze. Bartleby se niega a revisar las copias no por capricho o cabezonería, sino porque él fue contratado únicamente como copista, trabajo que realiza en condiciones penosas, sin apenas luz, y con tan escaso salario que ni siquiera puede pagarse una habitación. Si aceptamos la locura de Bartleby es por una razón muy sencilla: el narrador de la historia también es su patrón y Melville, al igual que Cervantes, o después Conrad o Kipling, nos ha enseñado a desconfiar del narrador.