Opinion · Punto de Fisión

Amanece, que es Maroto

Hace unos días, los vecinos de Sotosalbos, provincia de Segovia, se despertaron con la noticia de que les había salido un senador vasco en un bancal. Hasta ese momento, casi toda la gente del pueblo pensaba que eso que decía el señor cura, lo de que los vascos nacen donde les da la gana, no era más que un chiste. La Remigia, la dueña del bancal, fue a arrancarlo con la ayuda de un azadón, pero el tío Nicolás le dijo que no merecía la pena, que el senador venía ya empadronado. Además, el hombre estaba echando raíces: se le veía crecer a ojos vista entre los matojos, con gafas y todo. En cambio, su vecina, la Régula, era partidaria de desceparlo cuanto más pronto mejor, de un solo golpe, antes de que empezara a dar lástima. «Mujer, lástima no, pero me da no sé qué» se quejó la Remigia. «¿Y si sufre?» La Régula soltó un bufido que casi parecía euskera. «Este que va a sufrir, anda. Pero luego no me vengas con lloros. Que tú no sabes lo que chupa un senador».

En Sotosalbos, localidad de 113 habitantes, se montó una buena discusión en torno al recién brotado, quien dijo llamarse Maroto, dio los buenos días en primer lugar a todos los vecinos que habían venido a conocerlo y en segundo lugar expresó su admiración por la belleza incomparable del municipio. «Qué pueblo más bonito tienen ustedes aquí, la verdad. Y qué antiguo. Qué vacas tan saludables y qué arboles más recios». El tío Nicolás le señaló que las vacas, en realidad, eran la Remigia y la Régula, y que los árboles eran los postes del tendido eléctrico. Conmovido, Maroto agradeció la pelliza que le había acercado algún lugareño para que no pasara frío por las noches. «No es una pelliza, hijo» explicó el señor cura. «Es que he hecho de vientre».

Muy pronto la noticia del brote senatorial llegó hasta el alcalde, quien andaba mosqueado porque todos eran contingentes, sí, y él (el alcalde) era necesario, vale, pero ahora resultaba que había uno más necesario que él. Algunos decían que el senador tenía que ser comunal (y turgente), mientras otros le contaban que no hacía más que pasearse de arriba abajo por las calles de Sotosalbos, saludando uno a uno a los vecinos, maravillado ante la hermosura del empedrado, la robustez de las casas y la altura de la torre de la iglesia. Tanto le gustaba el pueblo a Maroto que por las noches se iba a cuidar cabras desde lo alto de un promontorio, con un bastón a modo de lanza: recortado contra la luz de la luna parecía un masai.

Como temía que su repentino empadronamiento pudiera alterar el delicado equilibrio medioambiental del lugar, Maroto decidió seguir las costumbres locales e imitar la conducta de los extranjeros, que unos días montan en bicicleta y otros días huelen bien. Hace poco le dio por pensar que, como no tenía nada que perder, incluso podía hacerse intelectual, más que nada para leer novelas sin estropearlas, pero desechó la opción en seguida, cuando un lugareño le explicó que lo primero era adquirir una buena base mediante el materialismo dialéctico. Sin embargo, el cabo de la Guardia Civil lo dejó más tranquilo al aclararle que el tema de las escrituras, el contrato de alquiler y los recibos de la luz y el agua lo podía arreglar mediante el recurso, muy socorrido en el pueblo, de hacer flashback. «Y no se preocupe usted tanto por el empadronamiento, hombre. Si en la capital dicen que está arreglado, pues está arreglado. No vamos a ser más papistas que el Papa, digo yo».