Opinion · Punto de Fisión

Oposiciones a español

Decía Larra que escribir en España es llorar, pero eso lo decía únicamente porque barría para adentro, porque no le dio por pintar monas, afeitar piedras o tocar la pandereta. No está claro si Larra se suicidó porque su amante lo abandonó o porque lo decepcionó España, pero si en vez de darle al periodismo le hubiera dado al óleo, al mármol o al piano, es posible que se hubiera pegado un tiro mucho antes. Como firme defensor del progreso, la ilustración y la educación, creía que con el tiempo nos iríamos curando de los vicios y defectos que él iba subrayando en sus artículos, sin caer en la cuenta de que a lo mejor, más que vicios y defectos, eran rasgos esenciales del país. Larra se quitó de en medio va ya para dos centurias, pero de revivirlo gracias a esos mechones de cabello que guardan algunos biógrafos, se quedaría espantado al leer los periódicos y descubrir que lo había escrito todo en futuro imperfecto del plural.

Uno se imagina a ese Larra jurásico -resucitado a partir de unas partículas de ADN guardadas en un frasco- levantándose una mañana de éstas y mojando un cruasán en el café mientras lee la noticia de esas oposiciones a catedráticos y profesores de música, en Madrid y en Galicia, donde las plazas están ya adjudicadas, los exámenes amañados y los tribunales putrefactos. Larra se frotaría los ojos, tiraría la servilleta a un lado y dudaría un buen rato entre agarrar el lápiz o la pistola. No le quedaría más remedio que admitir que, una vez más, como siempre, dos siglos después, aquí se sigue premiando el amiguismo, no el talento; las relaciones públicas, no el esfuerzo; el «tú de quién eres» en vez de «tú quién eres» o «tú qué has hecho».

No debe de ser fácil encontrar un país donde un director de orquesta con 27 grabaciones en su haber (algunas de ellas en Deutsche Grammophon y Decca), premiado con un Grammy y nominado a otros dos, tenga que recurrir la oposición a la Cátedra de Dirección en el Real Conservatorio de Madrid por considerar que hubo graves irregularidades en el proceso de selección y que los miembros del tribunal carecían de experiencia en el circuito sinfónico nacional o internacional. Aparte de conocer a fondo su oficio, parece que el pecado capital de José de Eusebio ha sido reivindicar batuta en mano la figura de Isaac Albéniz, uno de nuestros grandes compositores y uno de los que más sufrieron la sordera congénita del pueblo español. Con un tono similar al de Larra, Albéniz ya se quejaba de «la petulante ignorancia» en que se revolcaba España, cuando en 1901 el Liceo de Barcelona vetó el estreno de su ópera Merlín, proponiendo un comité de expertos que revisaran la partitura. Revisarle una ópera a Albéniz, con dos cojones.

Hace muchos años, mi querido profesor de música en los salesianos, Cifuentes, nos contó la anécdota de un profesor del mismo Conservatorio que tenía por costumbre rechazar a base de borrones todos los ejercicios de armonía propuestos por los estudiantes. Hasta que un día, un alumno se puso en pie en medio de la clase, mostrando su partitura llena de tachaduras y le espetó al profesor a la cara: «Le felicito. ¿Sabe usted lo que es esto? Nada menos que una coral de Bach. Es usted el único músico en la historia que ha encontrado defectos armónicos en una coral de Bach». La directiva agradeció el trabajo expulsando al profesor y de paso al estudiante, por mala fe. Por eso y por otros detalles sin importancia, José de Eusebio y las otras docenas de músicos damnificados deberían de entender de una buena vez que estaban haciendo oposiciones a español. Lea usted mañana.