Opinion · Punto de Fisión

Turismo insostenible

Sartre dijo que el infierno son los demás y podía haber dicho lo mismo del turismo. Porque cabrea mucho plantarte en lo alto del Ngorongoro, frente a uno de los paisajes más sublimes de la creación, y que un montón de chinos, rusos y alemanes anden trasteando con las cámaras y teléfonos móviles sólo para joderte las vistas y de paso fastidiarte esa sensación de soledad incomparable en la que parece que vas a tomarte un aperitivo con Dios. Conste que hablo de oídas, porque yo el Ngorongoro sólo lo conozco de los documentales de la 2, lo que me ha contado algún amigo o lo que he leído algún libro, escrito generalmente por uno de esos audaces aventureros que se arrogan el título de «viajeros», como si fuesen la reencarnación de Livingstone sólo porque llevan un chaleco de pescar truchas y un sombrero comprado en Coronel Tapioca.

El viajero, ese anacronismo histórico, se extinguió en el momento en que cualquier selva amazónica, cualquier cumbre del Himalaya, cualquier arroyo africano guarda restos de una hoguera, el envoltorio de una chocolatina o una lata de Coca-cola. Hasta en las profundidades abisales flotan bolsas de plástico, de manera que no quedan más viajeros, en el sentido estricto, que quienes se atrevan a colonizar las praderas de Marte.

Hoy día, la masificación turística ha alcanzado incluso la cumbre del Everest, donde hay días que se juntan tantos excursionistas domingueros que parece que invitaran a vermú en el escalón Hillary. Aparte de la atalaya aristocrática, no queda otro remedio que aguantarse: no haber ido al Ngorongoro o no haber ido a la cumbre del Everest. Lo que ya resulta del todo punto inaceptable es que el paseo de la Concha en San Sebastián o el Barrio de la Viña en Cádiz estén saturados de desaprensivos ansiosos de forrarse a vinos, como si recolectar pintxos y coleccionar tapas fuese la última moda en alpinismo.

Dicen que el calentamiento global acabará con España como negocio turístico, que una subida de temperatura de unos pocos grados dejará nuestras playas hechas una sucursal de Chernobyl, con hoteles transfigurados en ruinas y merenderos abandonados donde sólo bajarán a comer manadas de jabalíes hambrientos. Tampoco importará mucho, ya que ahora numerosas agencias de viajes proponen Chernobyl en plan destino de aventura, así que bastará permitir que la entropía siga haciendo su trabajo para que los aguerridos veraneantes de Marbella emulen a Charlton Heston en el final de El planeta de los simios.

Sin embargo, ni siquiera hará falta esperar tanto, porque si de algo va a morir el turismo en España es de éxito. No hay más que ver el hacinamiento de muchedumbres una vez que se ha abierto con la veda de construcciones hoteleras en la zona de San Sebastián, un lugar paradisíaco que ni siquiera cuenta con el proceso de selección natural del balconing, tal como sucede en Mallorca e Ibiza. No hay derecho a intentar tomarse un pintxo y un zurito en cualquier taberna del Barrio Viejo mientras cientos de turistas pululan en la barra intentando tomarse un pintxo y un zurito. Los turistas son los demás, ya lo decía Sartre.