Opinion · Punto de Fisión

Mujeres invisibles 2: Artemisia Gentileschi

El lienzo, de una belleza espeluznante, muestra a dos mujeres sujetando a un hombre en el lecho mientras una de ellas lo degüella. La escena está envuelta en tinieblas y el chorro de sangre saltando del cuello y empapando las sábanas destella un tono aún más oscuro que los pliegues de la manta roja que envuelven el cuerpo agonizante. Judith decapitando a Holofernes es uno de los tópicos bíblicos con más fortuna en la historia del arte occidental, aunque prácticamente ninguno puede compararse, en potencia y ferocidad, al que logró Artemisia Gentileschi. Si acaso, el de su maestro, Caravaggio, el señor de las sombras, que unos años antes pintó el mismo tema aunque con ambas mujeres más separadas de su víctima y con Holofernes escorado en un vigoroso escorzo.

La leyenda asegura que el lienzo tiene una historia oculta: la de la violación que sufrió la joven Gentileschi a manos de su mentor, Agostino Tassi, de modo que ella retrató a Tassi en el papel de Holofernes y a sí misma en el de Judith (algo de lo que no cabe la menor duda, atendiendo a otros autorretratos que salpican su obra). En los documentos del juicio que tuvo lugar poco después, salió a la luz que Tassi, que trabajaba como ayudante en el taller de Orazio Gentileschi, padre de la artista, también había robado varios cuadros. Tal vez, más doloroso aun que la violación fue el proceso donde Artemisia tuvo que testificar la verdad bajo tortura, además de someterse a un humillante examen ginecológico. Es evidente que la lectura en clave de venganza personal dota de una dimensión fascinante a esta obra maestra.

Sin embargo, diversas especialistas, entre las que destacan su biógrafa Alexandra Lapierre y la profesora de la Universidad de Ferrara, Francesca Cappelletti, dudan de que esa lectura vaya más allá de una interpretación fantasiosa. Una mujer que dirigía un taller de pintura en Nápoles, que hacía tratos personalmente con los Médicis a la hora de vender su obra, que fue miembro de la Accademia del Disegno de Florencia, que viajaba sola por toda Europa y que se carteaba con intelectuales de la talla de Galileo no puede ser vista únicamente desde la perspectiva de víctima. El lienzo de Caravaggio despliega un furor análogo y nadie puede achacarlo al rencor ni a una cuestión de género. La maestría de la composición, la energía y el detalle de las pinceladas, el ánimo y la rabia en la expresión de ambas mujeres demuestran que en la consecución de Judith decapitando a Holofernes pesa tanto o más que la afrenta sufrida la conciencia de su valía artística, el orgullo por la perfección de su factura técnica ante un tema casi imposible.

En las santas, mártires y heroínas que pueblan su pintura, Artemisia Gentileschi plasmó muchas veces su propio físico a veces como un sello personal, a veces como un capricho y a veces como un encargo de los mecenas que compraban su obra. Fue mucho más que una doncella violada años atrás, una pobre mujer maltratada que descargaba el rencor en sus cuadros. Fue una artista dueña de su propio destino y segura de su poder, admirada por príncipes y aristócratas, una pintora que, de Miguel Ángel a Caravaggio, se estaba midiendo con los más grandes de su época.