Opinion · Punto de Fisión

Mujeres invisibles 3: Clara Schumann

En el final de la película Sinfonía de primavera, que relata el idilio entre Clara Wieck y Robert Schumann, hay un momento, prácticamente al final, cuando estrenan la casa en donde van a vivir juntos, en el que Clara, interpretada por Nastassia Kinski, señala un rincón del salón y dice llena de entusiasmo: «Aquí pondremos mi piano». Entonces Robert frunce el ceño y exclama: «En esta casa sólo habrá un piano. No hay sitio para más».

La frase simboliza el futuro de la joven Clara Wieck, destinada a ser la compañera y musa de uno de los más grandes compositores del siglo XIX, una mujer con un enorme talento creativo que sacrificó en aras de un genio, reducida por un lado al papel de esposa abnegada y madre de ocho hijos y por otro al de una intérprete magistral, una concertista que daba giras por toda Europa y que rivalizaba con algunos de los más grandes virtuosos de su época. Sin ir más lejos, el propio Robert no podía competir con Clara a la hora de enfrentarse el teclado y se le ocurrió recurrir a un aparato ortopédico de la época para mejorar su digitación, con lo que se lesionó la mano derecha para siempre. Sin embargo, al ver arruinada su carrera de concertista, Robert se volcó en la composición, dejando a su futura esposa la ejecución de sus obras junto con los aplausos del público y el brillo de las candilejas.

Hija de un profesor de piano y exitoso comerciante de partituras e instrumentos, Friedrich Wieck, Clara fue entrenada prácticamente desde el día en que nació para convertirse en una estrella de la música. En 1830, a los 11 años, ofreció su primer recital en la Gewandhaus de Leipzig, y en esa misma época el joven Robert, que contaba 19, empezó a estudiar también en casa de Friedrich. La relación entre ambos pronto pasó de la amistad al amor, un romance apasionado al que el padre de Clara se opuso con todas sus fuerzas y que bien podía haberse plasmado en un libreto de ópera. Hubo que esperar a que ella cumpliera 21 años hasta que al fin, después de salvar todos los impedimentos legales, pudieron casarse y empezaron a vivir juntos. Clara contribuyó no poco al éxito de las primeras obras de Robert, no sólo en el terreno interpretativo, sino prestando a su marido motivos y temas musicales en algunas piezas, como los Impromptus Op. 5 o las Davidsbündlertänze Op. 6. En palabras de Michel Schneider, el destino de Clara fue «encarnar en la historia de la música lo femenino de Schumann, más que un Schumann en femenino».

Por ello, y a pesar de una buena lista de obras que incluyen nocturnos, polonesas, lieder y hasta un concierto para piano, nunca sabremos realmente qué habría ocurrido si Clara hubiera dedicado a la composición sólo una parte del esfuerzo que puso en su carrera de concertista y en sus tareas de ama de casa. Cuando Robert cayó enfermo hacia 1854, preso de un trastorno mental que lo llevó a un intento de suicidio en el Rin y al hundimiento en la depresión y la locura, ella estuvo a su lado hasta el final. El gran amigo y protegido de Schumann, el joven Johannes Brahms, ayudó a la pareja en esos momentos terribles, aunque nunca pudo ocultar la pasión que sentía por Clara, quizá el único verdadero amor de su vida. Pero ella, a pesar de una relación que se alargó cuatro décadas, nunca quiso casarse con Brahms, dándole a entender, tal vez, que con cuidar de un genio ya había tenido suficiente. Falleció en 1896, 40 años después de Robert, y fue enterrada en la misma tumba que él, en el cementerio viejo de Bonn. Una observación de los Diarios de Schumann revela la íntima desgracia de Clara y, de paso, subraya el enigma de una creación reservada en exclusiva al género masculino: «Es increíble que no haya mujeres compositoras. Las mujeres son quizá la parte sumergida de la música».