Opinion · Punto de Fisión

Mujeres invisibles 4: María Lejárraga

Hay una ironía trágica en el hecho de que María de la O Lejárraga viniera al mundo en San Millán de la Cogolla, en uno de cuyos monasterios se conservan las primeras palabras escritas en castellano. Son las famosas glosas emilianenses, un códice en latín vulgar en cuyos márgenes, allá por el siglo X, un monje hizo anotaciones en la lengua que por aquel entonces hablaba el pueblo llano, para aclarar el significado de ciertos términos. Un par de siglos después, entre esos mismos muros, trabajó Gonzalo de Berceo, autor de Los milagros de Nuestra Señora, principal artífice del mester de clerecía y uno de los primeros poetas de nuestro idioma con nombre y apellidos.

En cambio, el de María Lejárraga, hasta hace muy poco, es un nombre tachado y borrado en la historia de la literatura española, a pesar de las docenas de volúmenes que escribió entre obras dramáticas, novelas, ensayos y libros de relatos. En lugar del suyo aparece el de su marido, el ínclito Gregorio Martínez Sierra, un avispado empresario teatral que se codeó con algunos de los más célebres intelectuales, escritores y artistas españoles de la época. Era fácil verlo, en persona o en letras de molde, al lado de Eduardo Marquina, Tomás Borrás, Rafael Cansinos Assens o Jacinto Benavente. Algunos de sus títulos fueron llevados al cine (Canción de cuna, de 1933, nada menos que por Mitchell Leisen) y otros tuvieron el honor de brillar entre las adaptaciones más célebres de la música española, como los libretos de El amor brujo y El sombrero de tres picos, sendos ballets de Falla, o las óperas Margot, de Joaquín Turina, y Las golondrinas, de Usandizaga.

Ese carrusel de éxito mundano escondía un drama íntimo, el de su esposa, María Lejárraga, que era la verdadera autora de las obras con las que él iba triunfando en los escenarios de medio mundo. Aparte del egoísmo de Martínez Sierra, mucho tuvo que ver, en la renuncia a usar su propio nombre, el rechazo que provocó en su propia familia la publicación de Cuentos breves, el único volumen de relatos firmado por María Lejárraga en 1899, cuando apenas contaba 25 años de edad. Concluía el siglo XIX y las mujeres aún tenían que permanecer en casa, a la sombra del varón, reducidas a su papel de sirvientas domésticas. Podían ser hijas, hermanas, esposas o viudas, pero no tenían derecho a una vida propia, menos aún en una España atrasada y colonizada por la iglesia, un satélite de la periferia de Europa que había perdido todos los trenes de la modernidad y la revolución industrial, el triste erial de casinos, sotanas y cuarteles que retrataron los grandes novelistas decimonónicos. Tristana, de Galdós, una huérfana seducida y manipulada por su tutor, con su pierna amputada y sus alas cortadas, era el símbolo de una época.

Décadas después, María Lejárraga seguía repitiendo ese destino del jilguero encerrado en su jaula, escribiendo un libro tras otro mientras su esposo se llevaba dinero, aplausos y laureles, aparte de varias amantes. Martínez Sierra se limitaba a producir y a dirigir los ensayos, como mucho a sugerir algún cambio, pero era ella quien luchaba en solitario contra la página en blanco, a levantar del fango en su imaginación tramas, conflictos y personajes. La farsa llegó al extremo de que, en 1916, Martínez Sierra dio a la imprenta Cartas a las mujeres de España, un manifiesto feminista donde animaba a las féminas españolas a independizarse y a tomar la rienda de sus vidas. Un manifiesto escrito, claro está, por su negra particular, María Lejárraga.

Separada de su esposo después de que él iniciara una relación adúltera con la actriz Catalina Bárcena, en 1947, Lejárraga descubrió que los derechos de autor los reclamaba Katia, la hija que tuvo Martínez Sierra con Bárcena fuera del matrimonio. Cuando quiso reaccionar, ya era demasiado tarde: ni siquiera se atrevió, en su vejez, a firmar con su propio apellido, como si el fantasma de Martínez Sierra todavía siguiera manipulándola. Por aquel entonces vivía en el exilio, sin apenas recursos, y aun tuvo que sufrir la afrenta de que uno de sus relatos, Merlín y Viviana, fuese descaradamente robado y adaptado por Disney en La dama y el vagabundo, sin que a ella le correspondiera un centavo. En 1953 publicó Gregorio y yo, la autobiografía en la que revelaba la relación vampírica que mantuvo con su marido y otra buena ración de desdichas. Murió en Buenos Aires, en 1974, en un oscuro anonimato que a día de hoy apenas si empieza a resquebrajarse. Fascinada con su figura, la escritora Vanessa Montfort le dedicó un poderoso drama cuyo título es un manifiesto y una reivindicación: Firmado Lejárraga.